No se lo digas a nadie - Capítulo II

4/3/17



Presente. Febrero 2017:

—¿Cómo se declara el acusado?

—Culpable.

Hace 9 meses. Mayo del 2016:


Darío:

El joven Darío, amante de la literatura, de padre editor y publicista y de madre investigadora, se encontró así mismo llorando por enésima vez en su cama, en posición fetal y con el portátil delante. Pero esta no era una vez más de las tantas que se frustraba por no haber podido escribir nada decente, esta vez se trataba de una decepción mayor. En el último mes, con la ayuda de todos los cursos y de toda la gente con la que contactó, el joven consiguió redactar unas páginas que serían el borrador de su relato para la asignatura de Creación literaria.

El mínimo de páginas exigidas por el profesor era de cien, lo que parecía demasiado, pero Darío, entusiasmado por primera vez con la idea de un mundo fantástico y mágico donde no existía la violencia y todo era una especie de utopía infantil, había llegado a escribir cerca de setenta. Dado que solo quedaba un mes para presentar la obra y ya tenía tal cantidad de páginas, decidió hacerle una visita a Ernesto, su profesor, para entregarle una copia de su trabajo.

El dicente, de unos sesenta años, se colocó las gafas de vista y comenzó ridiculizando la trama que había decidido desarrollar Darío, que se defendió diciendo que no era tan importante el género literario como la propia creación. Al fin y al cabo, de eso trataba la asignatura. Pero Ernesto continuó explicando que había que seguir unas pautas, que el relato debía contener elementos estudiados en clase y recalcó que no había ninguna mejoría en la escritura de Darío respecto al año pasado. Por tanto, aunque cumpliera con el mínimo de páginas antes de junio, seguiría estando suspendido por culpa de la calidad del contenido, no de la cantidad.

Darío volvió a defender su obra, habló de su protagonista y fue entonces cuando el profesor dio un golpe sobre la mesa y profirió que para héroes ya estaban los cuentos infantiles. Su tono enfurecido descolocó a Darío, que no sabía que su obra pudiera enervar tanto a alguien. Entonces, pensó que, a lo mejor, no era su obra sino él mismo, su ineptitud e incompetencia para escribir, lo que desesperaba a su profesor. Y volvió a casa sintiéndose el ser más miserable de la tierra.

A la mañana siguiente Darío despertó con un gran dolor de cabeza, era la primera noche que no pasaba frustrado por no saber de qué ni cómo escribir o finalmente escribiendo. Así que despertó antes de lo que Noel estaba acostumbrado y tuvieron la oportunidad de desayunar juntos como hacía tiempo solían hacer.

Darío seguía avergonzado por sus constantes fracasos, así que hizo lo imposible por evitar hablar del asunto con su amigo. No tanto por falta de confianza, sino por complejo. Los dos chicos se bebieron una taza de té caliente con pan recién hecho. Hablaron del relato que estaba escribiendo Noel, de Donato que seguía en su casa porque había tenido una pelea con su novia, de un concierto de un grupo al que ambos admiraban y al que querían ir, de la chica que le gustaba a Darío y de las últimas noticias del telediario.

Después del desayuno Darío decidió dar una vuelta, reflexionar sobre lo que haría si suspendía Creación literaria, y así lo hizo. Caminó hasta el Centro Comercial más cercano, recorrió algunas tiendas, aunque no tenía interés alguno en lo que estaba mirando. Después, compró una entrada para ver una película porque pensó que eso le despejaría.

Al contrario, dentro del cine, en la oscuridad de la sala, volvió a su mente su historia, los personajes que había creado y se entristeció. Su tristeza no estaba causada tanto por el fracaso de su trabajo como por el hecho de que nadie tendría nunca la oportunidad de leer esa historia a la que tanto cariño le puso.

Al marcharse pensó que quizás podría reescribir su historia o hacer otra nueva. Salió decidido a no dejarse vencer y regresó a casa. Por primera vez en mucho tiempo, Darío estaba deseando ponerse a escribir. Volvería al despacho de su profesor cuando tuviera algo nuevo y le demostraría que, al menos, lo estaba intentando y que le importa aprobar. Si para junio no lo conseguía seguía teniendo julio. Pero su subconsciente le decía que lo tenía todo bajo control, que lo iba a conseguir y que, por fin, podría avanzar en su carrera.

Noel:

Eran las cuatro y media de la tarde cuando Noel decidió regresar a su casa de la biblioteca municipal después de haberse pasado el día entero, sin hacer una pausa para comer, escribiendo su segunda novela. Normalmente siempre escribía en casa, pero en el último mes, con la compañía de su hermano, siempre se dejaba distraer y nunca acababa de cumplir con su reto personal de 2000 palabras diarias.

Había superado su pequeño bloqueo de escritura cambiando algunas cosas de su rutina diaria, por ejemplo, ahora cuidaba mucho más su dieta, salía a correr también por las noches, intentaba dormir ocho horas seguidas y ya no se levantaba tan temprano, para dejarle un poco más de tiempo a su cuerpo y mente para descansar.

Al menos eso era lo que hacía los días laborales, los fines de semana como este, en cambio, pasaba el día entero en casa con Donato o salía con él a comprar o a acompañarle a algún lugar porque le daba pena dejarlo solo. Donato sacó provecho de eso para pasar más tiempo con su hermano pequeño, pues, a pesar de saber que lo estaba alejando de sus responsabilidades y se sentía culpable por ello, disfrutaba mucho de esos momentos con Noel.

Su relato sobre el bullying había conseguido la máxima puntuación, gracias al respeto que Noel sentía sobre el tema, ya que decidió investigar un poco más y entrevistar a una víctima real de bullying. La entrevista formó parte del relato y la acompañó de una reflexión.

Pero esto que estaba escribiendo era algo nuevo, fresco y que le ilusionaba de verdad. Se trataba de una historia sobre sus antepasados franceses. Cada día investigaba un poco más acerca de la Francia del siglo XVII y XVIII. Sabía que uno de sus antepasados nació en París y que, en 1635 llegó a España para luchar en la Guerra franco-española, se enamoró y decidió quedarse en España, a pesar de la victoria francesa. 

Noel se puso en el lugar de ese hombre cuyo nombre real desconoce, pero al que bautizó en su novela como Philippe Quinault. La novela narra su experiencia en la guerra, su primer encuentro con Esmeralda Castillo y toda su aventura hasta su resolución de quedarse en España para siempre y formar una familia. 

Una hora más tarde, Noel llegó a casa. Su hermano y Darío estaban viendo una película. Sobre la mesa había cajas vacías de pizza, latas de refresco y bolsas de patatas fritas también vacías. Se sorprendieron cuando Noel abrió la puerta de su casa y saludó, pues no se lo esperaban “tan temprano”, lo que indicó que habían perdido la noción del tiempo, pues ya estaba a punto de anochecer. Pero era imposible que lo supieran con las ventanas y persianas cerradas.

—¡Déjalas cerradas! —ordenó Darío cuando Noel se dispuso a subir las persianas.

—Está todo muy oscuro, parece que vivís en una cueva… o en una pocilga —comentó el chico mirando a la mesa llena de basura.

—Lo limpiaremos después —explicó Darío.

Noel dio por finalizada la conversación. Se dirigió a su cuarto, dejó su portátil sobre la mesa de su escritorio y se fue a prepararse algo de comer. Lo que también incomodó a los cinéfilos que estaban en el sofá viendo la película en, lo que parecía, el punto álgido de la historia. Lo cierto es que Noel estaba algo celoso de la relación que estaban construyendo su hermano y su mejor amigo porque se sentía apartado. Su hermano seguía queriendo pasar tiempo con él, pero como Noel no podía pasar tanto tiempo como le gustaría con Donato, se juntaba con Darío. Y eso era lo que más le molestaba. Darío y él habían sido buenos amigos, habían congeniado perfectamente en menos de una semana y sentían como si se conocieran de toda la vida. Pero desde hacía varios meses, Darío ya no era él mismo. Pasaba las horas encerrado en su habitación, dormía hasta el mediodía y ya no quedaba con ninguno de sus otros amigos. Y las veces que había intentado acercarse a él para hablar, Darío lo había rechazado, a veces, con malas contestas o con indiferencia a su preocupación.

No entendía por qué con su hermano era tan amable y se comportaba como el Darío de siempre y, cuando él estaba delante, se volvía antipático y desagradable.

El joven se calentó un poco de pasta y se fue a su habitación a comer, ya que en el salón-comedor Donato y Darío seguían con la película y no quería molestarles ni que ellos le molestaran. Encendió el portátil y abrió de nuevo su novela que aún seguía sin título. Mientras comía iba releyendo lo que había escrito durante el día, corrigió algunos signos de puntuación, cambió algunas palabras que se repetían a lo largo de los capítulos por otros sinónimos y, finalmente, le mandó el borrador a su profesor Ernesto.

Buenas tardes,

Le escribo para confirmarle que me he decidido a escribir como proyecto final de su asignatura, el relato histórico que le comenté porque me siento más atado a esta historia. Como puede ver aún no tiene nombre y tampoco está acabada todavía.

Un saludo,

Noel.

El joven le adjuntó una copia de su relato y envió el correo a su profesor. Ernesto había sido su profesor desde la asignatura de Creación literaria meses atrás. Ahora, en este segundo cuatrimestre, le daba otra asignatura llamada Recursos literarios que servía para darle consejos a los escritores de cómo escribir, pero también de cómo escribir bien, de forma coherente y concisa. Era una asignatura complicada, Noel tenía que poner en práctica toda la teoría en su relato y, de momento, lo estaba consiguiendo con su novela sin nombre, pues, a pesar del lío de fechas y de hechos históricos, consideraba que su historia estaba lo suficientemente bien narrada como para no perder al lector, dándole los datos históricos necesarios, pero sin convertir el libro en una clase magistral de Historia.

Se sentía orgulloso de Philippe Quinault y de la historia que había desarrollado para su personaje. Lo sentía como un homenaje, a pesar de que no queda rastro de él, ni siquiera ha perdurado su nombre real. Leyó un poco más de historia francesa del siglo XVII en Internet y dejó su ordenador encendido sobre la mesa, como hacía siempre y luego se dio una ducha y cayó rendido en la cama.

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¡Aquí está el 2º capítulo! Espero que lo hayan disfrutado tanto como el primero. Ya saben que mañana toca doble capítulo: 3 y 4. Esta historia pertenece a Blogs colaboradores y +R. Crespo es la encargada de reseñarla. Pero podéis sentiros libres de hacer una pequeña reseña o crítica en vuestro blog si os apetece. 

Un saludo.