Inspirándome con un elemento - Día de la Paz

30/1/16



¡Hola hola! Hoy, como cada 30 de enero desde hace décadas, se celebra el Día de la Paz para conmemorar a Ghandi que falleció ese día del año 1948. Y como es una fecha que siempre me ha gustado y que me trae buenos recuerdos, había decidido traeros un pequeño relato. Y luego en el blog de +R. Crespo he visto que su iniciativa de Inspirándome con un elemento ha vuelto, así que no lo he dudado y he hecho un dos en uno. El elemento elegido para esta semana es esta canción. La canción me trasladó a una época pasada y el hecho de que fuera el Día de la Paz me dio la idea de narrar una disputa, lo demás fue saliendo solo a medida que escribía, ¿te quedas a leer?

LAS LAGUNILLAS DE CERRALBA
Leandro Romero  Zoila Casapalma

Era una tarde cualquiera en el pueblo de Cerralba, las mujeres que se quedaban en casa permanecían entretenidas escuchando la radio y planchando camisetas o cosiendo los agujeros de los calcetines. Las que habían salido a comprar iban del brazo de sus maridos y otras, viudas todas ellas, se habían reunido en la plaza a jugar a juegos de mesa y hablar sobre los últimos cotilleos.

A los hombres por otro lado, los que habían sido afortunados de tener un trabajo, todavía les esperaba unas dos o tres horas para que se pusiera el sol y pudieran volver a casa con su jornal. La mayoría vivían del campo, del cultivo de las tierras: tomates, papas, olivas y el recién llegado tabaco que estaba causando furor en las altas sociedades. Los menos afortunados molestaban a sus esposas mientras estas intentaban hacer las labores domésticas, pues solo se quejaban de sus infortunios y volvían a casa borrachos.

Uno de los últimos cotilleos que rondaba por el pueblo era el del romance entre la joven de buena familia, Zoila Casapalma y el joven Leandro Romero. Los Romero vivían en el pueblo en una casa de un solo piso y con siete habitaciones, aunque eran ocho hijos más el matrimonio, Leandro había nacido el séptimo y se llamaba así por su tatarabuelo, había asistido al colegio hasta los catorce años cuando decidió dejar los estudios para ponerse a trabajar en el labriego con su padre. En cambio los Casapalma venían de las afueras del pueblo, se habían instalado hacía pocos años y Zoila tenía ascendencia francesa, por lo que era considera extranjera por muchas de sus compañeras del internado donde estudiaba.

Los jóvenes se conocieron en una fiesta de pueblo hacía unos meses. Ella estaba fuera del internado por las vacaciones de verano y su madre, para intentar que su hija socializara e hiciera amigas en el pueblo, decidió comprarle un vestido muy parisino con el que asistir y la mandó a la fiesta sola. Leandro había reunido parte de su jornal para comprarse una camiseta limpia y poder comprarse algo en los múltiples puestos de comida.

Pero cuando Zoila llegó con su vestido nuevo a la fiesta se dio cuenta de que estaba fuera de lugar, su madre se había equivocado en cuanto al tipo de fiesta: los hombres estaban borrachos y bailaban solos o en compañía de mujeres ligeras de ropa y el resto de mujeres que no bailaba estaban sentadas observándolo todo. En especial a ella. Así fue cómo se dieron cuenta de que el joven Leandro se había acercado a la niña para preguntarle si se encontraba mal.

Zoila comenzó a llorar desconsolada y partió de vuelta a su casa corriendo y el bueno de Leandro, a pesar de llevar soñando con esa fiesta desde hacía meses, corrió detrás de la joven y la detuvo. Eso alertó a todos los que estaban celebrando en la fiesta, unos no le pusieron más asunto y otros, le pusieron demasiado. Así comenzó el romance, y los rumores.

***

—¿Hay algún problema con mi hija, doctor? —preguntó alarmada Marcela, la madre de Zoila.

—Su hija está embarazada, me temo —respondió el médico mientras subía sus gafas desde la punta de su nariz.

El médico abandonó la casa de los Casapalma acompañado por el padre de familia que enseguida volvió a la habitación de su hija, junto a su mujer.

—Te enviaremos lejos, tendrás al bebé y lo entregaremos a una familia. Conozco a varias parejas en la capital que no pueden tener hijos, lo aceptarían encantados y nadie lo relacionaría contigo, hija —sentenció el padre antes de volver a dejar la habitación. 

Marcela lo acompañó y Zoila se levantó rápidamente de su cama para cerrar la puerta tras ellos y se dirigió a su escritorio. Apartó sus libros de lectura y le escribió una carta a Leandro. Él sabía leer, pero tuvo cuidado con su caligrafía para que el joven no tuviera dificultades al entender lo escrito.

Amor mío:

Me encuentro ahora mismo en mi habitación muy asustada, el doctor ha venido a verme y ha anunciado que estamos esperando un hijo. No sé si la idea te complace o te asusta como a mí, quizás ambas cosas. Mi familia quiere que me vaya a la capital donde entregaré nuestro bebé a una familia de desconocidos, ya que entiende que somos jóvenes y tu familia pobre, y no quiere cargarme con la deshonra que significa que todos me vean embarazada.

Debo obedecer, la otra opción es que vuelva el doctor y me recete algo con lo que parar el embarazado. Esa idea me destrozaría el corazón, en parte saber que nuestro hijo estará cuidado y que no le faltará de nada, me consuela enormemente. 

Después de esta noticia no creo que mis padres permitan que salga sola de casa nunca más, pero intentaré llegar hasta el río, en el lugar de siempre, junto a la roca donde grabamos nuestros nombres. Espero verte allí, quizás sea la última vez que nos veamos. Pero si no logro salir de casa quiero que recuerdes que siempre te amaré y que siempre seré tuya, solo tuya.

Zoila.

El joven abrió la carta que le llegó en seguida, pues Zoila le pagaba unas monedas al hijo de la cocinera para que fuera su mensajero personal. Y Leandro abrió la carta y tuvo que sentarse al leer la primera frase. La idea de tener un hijo también lo asustaba, pero le llenaba el corazón de alegría. Al terminar de leer la misiva no entendió el comportamiento de los padres de Zoila, sus padres se habían casado con catorce años y su madre había tenido a su hermano mayor con quince. Él y Zoila ya tenían dieciséis, ¿qué problema había en que se casaran y criaran a su hijo juntos? 

Entonces, al formularse esa pregunta, lo entendió. Para que estuvieran juntos tendrían que vivir en la misma casa y los padres de Zoila jamás permitirían que ella viviera en una casa humilde como la suya. Entonces Leandro tuvo una idea: cogería todas sus cosas, sus ahorros, puede que le robara algo de dinero a sus padres y a sus hermanos, dejaría una nota de despedida y huiría con Zoila tan lejos como pudiera.

Salvo que, al salir de casa, con todo el equipaje y el dinero robado, Leandro se topó con sus hermanos mayores que le exigieron una explicación. Y luego con Servando, el padre de Zoila, que venía dispuesto a darle una paliza al hombre que se había atrevido a desflorar a su hija y deshonrarla. Los hermanos Romero le pararon los pies al señor Casapalma que había enrojecido de la furia y para cuando lograron calmarle, llegaron de trabajar los padres de Leandro.

La tarde que había comenzado tranquila en el pueblo de Cerralba estaba a punto de convertirse en todo lo contrario. Solo faltaba Zoila, que había logrado escaparse de casa cuando vio que su padre salía y se montaba en su carro. Su madre estaba ocupada llamando al internado para inventarse excusas sobre la ausencia de su hija, así que tampoco fue un problema.

El señor Félix Romero, padre de Leandro, tomó la carta que asomaba en el bolsillo de su hijo. Vio unas letras en ella y se la dio a su hijo menor, el octavo, de nombre Jesús, que era el único aparte de Leandro y el sexto hijo, que sabía leer. Jesús leyó la carta en voz alta y cuando llegó a la parte donde Zoila explicaba el lugar exacto donde debían encontrarse, Servando salió corriendo de la casa de los Romero a buscar a su hija. Y luego lo siguieron los hermanos y el padre de Leandro, que también tenían interés en saber qué más estaba pasando.

Pía, la madre del joven, prefirió quedarse sentada en la mesa del comedor, en una silla hecha a partir de un tronco de madera. Miraba con decepción a su hijo que aún no entendía qué había hecho mal, qué era tan grave que no podía solucionarse con una boda.

***

Mientras tanto, en el río, la joven se mojaba los pies en el agua fría del río. Hacía días que no veía a Leandro y estaba deseando besarle de nuevo, sentir sus abrazos, oler su perfume que en realidad era jaboncillo que usaba para lavar la ropa y acariciar sus manos ásperas de labrar el campo. Pero lo que vio la asustó y paralizó por completo: su padre venía corriendo a toda velocidad hacia ella y detrás podía distinguir a los hermanos de su amado, no sabía qué hacer e instintivamente retrocedió un pasó, resbalando en una piedra y cayendo por completo al agua que la arrastró corriente adentro.

Servando era un hombre de montaña, también había vivido del campo, y de donde él venía no había ni ríos ni mares, así que se metió al agua sin saber si sería capaz de flotar y comenzó a ahogarse. Cada vez que lograba avanzar para ayudar a su hija que seguía siendo arrastrada, él se hundía un poco más. Los hermanos Romero llegaron a tiempo para sacar al corpulento señor Casapalma del agua, y cuando intentaron salvar a la chica, esta ya había desaparecido en el horizonte. El mayor de ellos, experimentado en nadar en ese río, sabía que había veces que las corrientes de agua eran tan fuertes que ni él podía nadar en ellas, y se resignó dando por perdida a la joven.

Finalmente cayó la noche y ya era imposible ver nada, los Romero volvieron a su casa y en el río se quedó Servando con los Agentes de la Paz que se encargaban de ese pueblo. Ellos consolaron al hombre y lo llevaron de vuelta a casa, Marcela se descompuso al enterarse de lo sucedido y avisaron al alcalde y al cura, uno se encargó de poner la bandera del ayuntamiento a media asta y el otro del repique de las campanas que anunciaban una muerte más.

Cuando los hermanos llegaron a su casa, Leandro cerró los puños y comenzó a golpear a sus hermanos, los culpaba por no haber ayudado a su amor y se culpaba a sí mismo por haber permitido que la vergüenza y el miedo le pudieran y no haber acudido también al río. Él sí hubiera dado su vida por la de su novia.

***

El el pueblo de Las Lagunillas dos pescadores encontraron a una joven flotando en el agua, se apuraron en entrar y sacarla, pues ya era de noche como para que se tratara de un baño, y la chica parecía moverse y necesitar ayuda. Los señores entraron en el agua y cuando vieron la fuerza con la que habían sido transportados varios metros de la orilla, decidieron llamar a un tercer pescador que se encontraba recogiendo sus cosas.

El hombre abrió su sacó y sacó una cuerda que la tiró a sus amigos. Uno de ellos logró atrapar la cuerda y otro a la chica, y poco a poco lograron sacarla del agua.

—¿Qué te pasó, niña? —preguntó el tercer pescador.

—Me caí al agua desde Cerralba y no había podido salir nadando —contestó ella tiritando de frío.

Los hombres la arroparon y la acompañaron al médico, que se trataba del mismo que horas antes la había atendido, ya que los médicos escaseaban y uno mismo se encargaba de varios pacientes de varios pueblos diferentes. 

***

En Cerralba la noticia de que Zoila seguía viva corrió como la pólvora y a la mañana siguiente no había vecino que no supiera lo sucedido. La joven volvió a su pueblo en caballo, acompañada del alcalde de Las Lagunillas, y la hazaña le llevó a cerrar un trato que llevaba años queriendo hacer con el alcalde de Cerralba, por lo que al final ambos pueblos se juntaron y pasaron a llamarse Las lagunillas de Cerralba, acabando con las disputas entre vecinos para siempre.

El señor Servando Casapalma organizó una fiesta para su hija, a la que había recuperado y por lo que estaba muy agradecido. Pero la joven se opuso y pidió que la dejaran tener el bebé y casarse con Leandro, que había pasado la noche encerrado en un calabozo para evitar que se hiciera daño a sí mismo o a otros.

Y finalmente hubo boda y hubo bebé, al que llamaron Juan Augusto, como los pescadores que le salvaron la vida a Zoila.