Ojos de marfil - Capítulo 1 [Blogs colaboradores]

12/5/15



AÑO: 1942

   Desde el primer momento en el que las hermanas Rivard, Violette y Sarah, llegan a Costa de Marfil, comienzan a sentir el calor asfixiante del que su padre les hablaba. Ese calor tan típico del desierto mezclado con la humedad tan típica de la selva.

   El primer contacto con el país africano no las hizo sentir fuera de casa, al fin y al cabo el aeropuerto había sido construido por franceses, todos hablaban francés y el país entero estaba lleno de casas coloniales francesas como la de su tía Marie. Sería difícil sentirse una extraña.

   El coche que mandó su tía para que las fuera a recoger al aeropuerto era como los que se veían por las calles de París, un Chrysler Windsor de 1940, así que se sintieron cómodas, como si en realidad no estuvieran abandonando el nido. 


   E inmediatamente después Violette pensó en su padre André que se había quedado solo en París, viudo y con sesenta años, tan mayor, tan solo y tan desprotegido que Violette no pudo evitar sentirse culpable. A pesar de que la idea del viaje fuera de su padre, para alejarlas de la guerra, ella sentía que no había sido lo suficientemente persuasiva con él para que las acompañara.

   La que sí estaba emocionada era Sarah, a la que nadie llamaba por su nombre completo: Sarah Adrienne. La joven de melena castaña clara, casi rubia, miraba todo a su alrededor con expectación, aunque de momento todo a su alrededor fuese el aeropuerto.

   Cuando el coche se puso en marcha y el chófer comenzó a conducir por la carretera perfectamente asfaltada y señalizada, las jóvenes se miraron y compartieron una sonrisa cómplice. Ya no había vuelta atrás, irían a casa de la tía Marie y se quedarían allí, quien sabe si para siempre.

   Violette temía recibir la llamada de algún médico de París anunciando la repentina muerte de su padre. No quería que eso pasase, sabía que era ley de vida, pero no quería que ocurriese y mucho menos sin estar presente para sostener su mano. La idea de su padre falleciendo solo la rompía por dentro. Aunque al menos podría reunirse al fin con su amada Claire a la que perdió a causa de una enfermedad cuando Violette solo tenía once años y Sarah cuatro.

   De pronto las hermanas notaron algunas piedras bajo las ruedas del coche, algunos baches y mucho polvo a su alrededor y al mirar hacia delante solo podían ver una pista estrecha de tierra, ya no había señales de tráfico y a los lados empezaban a verse algunas casas lejanas, pero majestuosas. Las chicas se preguntaron si la casa donde iban a vivir también sería tan grande como esa. Según las cartas que la tía Marie le había enviado a las chicas desde que se mudó al país africano, la casa tenía varias habitaciones y un gran salón de eventos.

   Ante esa imagen, Sarah no pudo reprimir una sonrisa, pues se imaginaba a ella misma dando una gran fiesta en el centro del salón siendo la anfitriona. En cambio, Violette pensaba que no eran necesarias tantas habitaciones para una mujer que vive sola, como en el caso de su tía, incluso con ellas en la casa, seguiría sobrando espacio.

   Hasta ahora, salvo el calor asfixiante y la carretera de tierra roja, ni Violette ni Sarah habían notado grandes diferencias con la metrópolis parisina, pero sin duda las había porque en esos campos de algodón y tabaco se podía distinguir perfectamente a un grupo de hombres y mujeres de raza negra trabajando con sus pies atados por los tobillos.

    Las jóvenes volvieron a mirarse, esta vez escandalizadas, y cuanto más avanzaba el coche, más grupos de personas se veían trabajando en el campo con sus pies atados. Todos ellos en grupos en los que había algún que otro niño de no más de seis años y hombres de hasta sesenta.

—¿Por qué están estos hombres atados? —preguntó Violette al chófer.
—Son esclavos —contestó él con una nota de tristeza en su voz.

   Violette no supo qué contestar a eso. Para ella la esclavitud era algo del pasado, de países lejanos, pero no de colonias francesas. Francia, el país de la liberté, ¿cómo podía permitir esto?

   De pronto su hermana le golpeó el brazo para llamar su atención y señaló cómo un hombre blanco golpeaba a otro hombre, negro, con lo que parecía un látigo. El segundo hombre se dejaba pegar con resignación, sabía que no podía hacer nada en contra de su amo que se encontraba gritando y moviendo el látigo en el aire antes de volver a golpear la espalda del esclavo, que a pesar de todo, no levantaba la cabeza ni emitía sonidos de dolor.

   Inmediatamente la pequeña Sarah escondió su rostro en el hombro de su hermana mayor quien enseguida la protegió con su brazo y acarició sus cabellos con su mano para tranquilizarla. Desde que la madre de ambas había muerto, Sarah veía a Violette como su ejemplo a seguir, como una segunda madre. Y el sentimiento maternal también creció en Violette al ver a su hermanita tan pequeña dependiendo de alguien que la cuidara.

—Estamos llegando —dijo el chófer volviendo a hablar y sacando a las hermanas del horror que habían visto.
—Gracias —contestó Violette y se quedó mirando a su chófer a través del retrovisor central.

   El chófer, quien hasta ahora no se había presentado, también era negro y Violette le miraba fijamente intentado deducir si él también era esclavo o lo había sido.

   Con su camiseta blanca, radiante y sin una arruga, no parecía serlo. Además, no sentía que su tía fuera una esclavista. Marie era una mujer amable y generosa, no podría imaginarla teniendo a su servicio a hombres maniatados. En cambio, empezaba a ver el mundo que la rodeaba de manera diferente y ya no sabía qué pensar sobre nada ni nadie. Y solo llevaba unas horas.

—Al menos no tenemos que tener miedo de las bombas —comentó en voz baja la pequeña de las hermanas mientras levantaba la cabeza de su escondite.
—Sí, huimos de una guerra, para entrar en otra —sentenció su hermana mayor mirando a través de la ventana.

   Era cierto que en Costa de Marfil la segunda guerra mundial no había llegado, era un país «pacífico». Pero el hecho de haber salido de una guerra injusta no hacía que la tranquilidad de este país fuera justa.

   Poco a poco, las chicas sintieron que el coche iba reduciendo la velocidad hasta que llegaron a un cruce. El coche tomó el camino de la derecha, hacia el norte, subiendo por una pequeña pendiente de tierra con arbustos de clima seco a los lados y hierbajos.

   A pesar de lo moderno del coche, el peso de las maletas de las jóvenes y el propio peso de ellas, que no era demasiado porque a causa de la guerra estaban extremadamente delgadas, al coche parecía costarle subir por la pequeña pendiente.

   Para cuando el coche volvió a girar a la derecha, las hermanas pudieron ver a su tía de pie en el soportal de la casa. Marie era una mujer de casi cuarenta años, con una piel blanca y radiante, sin apenas arrugas en la piel y un cuerpo más propio de una muchacha de la edad de sus sobrinas. Su melena larga y rubia la llevaba suelta, salvo por unos mechones más pequeños que le caían cerca de la cara y que ataba en su nuca.

—¡Tía! —gritó Sarah corriendo a los brazos de Marie.
—¿Sarah? ¡Dios mío, Sarah! —exclamó Marie al ver a su sobrina convertida en toda una mujercita.

Ambas se abrazaron mientras Violette ayudaba al chófer a bajar las maletas, aunque al hombre parecía molestarle que la invitada, que además era mujer, se encargara de las tareas del servicio. Pero a Violette le daba igual, ella quería bajar sus cosas con sus propias manos.

   Cuando todas las maletas estuvieron en el suelo, la mirada de Marie pasó de su sobrina más pequeña a la mayor y se tuvo que llevar las manos a la boca para contener un grito de emoción. Pero no pudo reprimir las lágrimas que comenzaron a correr por su cara. La mujer bajó del soportal y corrió a abrazar a Violette.

   Estuvieron así unos segundos, o quizás minutos, separándose para mirarse a los ojos y volviéndose a abrazar. Habían pasado muchos años separadas y Violette echaba mucho de menos a su tía, que tras la muerte de su madre se había convertido en su apoyo emocional. Pero no la odió cuando decidió venirse a vivir aquí, todo lo contrario, entendió que ella había perdido a su madre pero Marie había perdido a su hermana y por un momento se imaginó cómo sería perder a Sarah y entendió perfectamente la decisión de su tía.

—Vamos, quiero enseñaros vuestras habitaciones.

   Las chicas caminaron hacia el interior de la casa, las maletas ya estaban en las habitaciones y el personal del servicio estaba en fila delante de las escaleras para presentarse ante las recién llegadas.

   Violette comprendió en ese momento que el servicio, a pesar de ser todos de raza negra, trabajaban y vivían aquí con todos sus derechos humanos intactos y se sintió orgullosa de su tía. Ninguna de esas personas era esclava, estaban bien vestidas y bien alimentadas y no tenían signos de haber sufrido ningún daño físico, es más, aparentaban estar saludables y en plena forma. Y con una gran sonrisa en la cara comenzaron a presentarse uno por uno en perfecto orden:

—Soy Orpheline, —comenzó hablando la que estaba más cerca de ellas y que aparentaba ser la de mayor edad— la encargada.

   Orpheline llevaba el pelo atado en una coleta baja y vestía con un vestido azul marino que le llegaba un poco más abajo de la rodilla. Llevaba unos zapatos negros con unas medias blancas.

—Yo soy Ashanti, me encargo de la cocina.

   Ashanti aparentaba la edad de Violette o uno o dos años más, era delgada y alta, tenía el pelo recogido en una rejilla, lo cual era de entender dado que trabajaba cocinando y llevaba un delantal blanco encima del vestido del mismo color que Orpheline.

—Mi nombre es Konata, y como sabéis soy el chófer —dijo el hombre que minutos antes las había traído en coche.

   Konata era un hombre alto, entrado en los cincuenta, delgado y con el pelo canoso. Vestía pantalón negro y camiseta blanca en conjunto con unos mocasines.

—Yo soy Thabo, el jardinero —dijo el joven sonriendo, y las hermanas le sonrieron de vuelta.

   Thabo era el más joven de todos, probablemente más joven que Ashanti y Violette pudo notar que su hermana se había sonrojado ante la sonrisa del jardinero. Thabo llevaba una camiseta blanca como la de Konata pero algo sucia de tierra, tenía algunas perlas de sudor en la frente y llevaba unos pantalones azules también sucios, sus pies iban cubiertos por unas sandalias negras y escondía las manos, probablemente también sucias, en su espalda.

—Y yo soy Sade, la encargada de las habitaciones.

   Sade aparentaba rozar los treinta, tenía su larga melena negra y rizada suelta, unos ojos grandes y negros de una gran mirada penetrante, su altura era media pero tenía un cuerpo voluptuoso que su vestido color amarillo acentuaba. En sus pies llevaba unos zapatos planos de color negro y en sus orejas podían notarse unos pendientes plateados. 

   La diferencia entre Sade y las otras dos mujeres era importante, ¿por qué vestía con colores llamativos y llevaba joyas?

—Sade también hace de camarera en nuestras recepciones, por eso cuidamos especialmente su imagen —añadió Marie a la presentación de su empleada para sacar de dudas a sus sobrinas—. Bien, ahora subamos.

   Las escaleras terminaban en un pasillo que se abría hacia la derecha y hacia la izquierda. Sade las acompañaba delante e iba guiando a las invitadas a sus respectivas habitaciones contiguas. Sendas habitaciones tenían el tamaño de la casa en la que las hermanas vivían antes en París.

   La habitación de Violette estaba decorada de dorado y la de Sarah en rosa, su tía así lo había pedido. Y cuando Sade se despidió para dejar a las recién llegadas acomodarse, Marie entró a la habitación de Violette y se sentó a su lado.

—¿Qué pasa cariño mío? —preguntó Marie tocando la rodilla de su sobrina que estaba tapada por una falda gris llena de parches.
—No puedo dejar de pensar en lo que vimos al llegar... —Violette enmudeció al recordarlo.
—Puedo imaginar a qué te refieres, pero debes olvidarlo, no hay nada que puedas hacer.
—Pero tía, no es justo, esas personas nacen y mueren solo para trabajar y ser torturadas, ¡no es justo!
—La vida es injusta cariño, a mí también me costó acostumbrarme y aborrezco esas prácticas, pero no soy yo quien debe cambiar el rumbo de las cosas.
—Entonces, ¿quién? —preguntó la joven mirando a su tía con desafío.
—Él —señaló su tía en respuesta apuntando al techo con su dedo índice.

   Violette solo había creído en Dios cuando era niña, pero ahora que era casi una adulta, se había vuelto reacia a toda creencia religiosa, conocía de primera mano lo que el fanatismo por las religiones y el odio entre ellas era capaz de hacer, ya que estaba huyendo una guerra.

   Por eso sabía que a veces no se puede simplemente esperar a una intervención divina, el hombre debe actuar, debe de haber una revolución, debe de haber un cambio. Y ella estaba dispuesta a buscar una solución.