La vida es para los valientes: Nicte Ha + Leyenda de Nicte Ha

11/5/13

La vida es para los valientes: Nicte Ha

    En una selva perdida de un país todavía sin nombre, de un continente todavía por descubrir, habitaba una muchacha de cabellos negros como la noche que rozaban su cintura a cada paso que daba. Era conocida por el nombre de Nicte, algunos decían haberla visto vagar por el día, sin rumbo fijo y con la mirada perdida. Unos decían que estaba loca, otros que era bruja y hechicera. La verdad, el verdadero origen de aquella muchacha, era incierto hasta para ella misma.

    Veintiún años atrás, una hermosa mujer, pero con un alma negra y podrida, dio a luz a un bebé en mitad de la selva y de madrugada. El bebé fue abandonado en el mismo lugar en el había nacido. Los llantos desesperados de un alma que luchaba por sobrevivir desde los adentros de una húmeda selva recorrieron los kilómetros que le separaban de su salvador. Ese hombre llamado Ha, acudió en la ayuda de la recién nacida.

    El viejo hombre de arrugas en la frente la tomó en brazos y la llevó a un lugar seguro. Al amanecer, la niña ya tenía nombre: Nicte Ha. Y creció siendo una niña segura de sí misma, pero que, a pesar de las advertencias de su padre adoptivo, salía cada noche con una lanza y volvía con algún animal muerto entre sus manos. 

    En sus ojos, Ha veía el alma pura de una niña y a la vez la maldad de su madre apoderándose de ella. A pesar de los intentos, Ha no pudo evitar que su hija se convirtiera en una terrible arma de matar, en un cuerpo libidinoso que atraía miradas de hombres y mujeres que caían en su red cada noche.

    Salía la luna y empezaba la caza de Nicte: merodeaba por los alrededores de las tribus y seducía a los hombres que allí se encontraban, se los llevaba discretamente al interior de la selva donde nació y hacía que se suicidaran mientras ella bailaba delante de ellos y reía al contemplar la cara de dolor y placer de aquellos hombres.

    A la mañana siguiente, Nicte despertaba con los cuerpos sin vida de docenas de hombres a su alrededor. Corría a su casa a reencontrarse con su padre que sabía lo que ocurría y que no podía evitarlo. Y el pobre Ha murió intentando ayudarla.

    Nicte, la que había nacido en la noche, la que su nombre en maya significaba "flor" siguió cada noche matando a hombres inocentes y despertándose al día siguiente tumbada al lado de ellos y odiándose a sí misma. Hasta que una mañana, cansada de su miserable destino, corrió al río para ahogarse en él. De pronto, un rayo de luz que se filtraba a través del agua cristalina del río, se transformó en una silueta. Nicte soltó la piedra que sostenía en su abdomen y salió a la superficie asustada ante la presencia de aquella mujer: era su madre. Una madre a la que sería imposible reconocer de no ser porque era casi idéntica a ella. Zazil se acercó a su hija y le tendió una mano. Ambas se sentaron en el barro y Zazil comenzó hablando sobre su identidad. Nicte descubrió que era lo que en otras culturas llamaban una Amazonas, más bien su madre lo era. Su padre había sido humano y por eso Nicte perdió parte de su esencia de guerrera, pero no perdió la belleza y la capacidad de enloquecer a un hombre hasta la muerte. 

    De un saquito atado a su cadera, Zazil sacó un brebaje azul intenso. Era lo que haría que Nicte dejara de matar animales u hombres para siempre. Lo dejó al lado de Nicte y desapareció de nuevo de su vida.

    La noche volvió a caer y con ella el miedo de Nicte de volver a matar. Bebió de un trago el brebaje de su madre y regresó a su casa. A la mañana siguiente despertó en una tribu, atada al tronco de un árbol y rodeada de más madera: estaban construyendo una pira con ella como sacrificio. Poco a poco, las llamas se propagaron al resto de la madera y en cuestión de minutos, toda la madera había ardido y con ella, Nicte Ha, una mujer de veintiún años que había vivido toda su vida matando y seduciendo sin saber por qué ni ser consciente de ello. 

    "La vida es para los valientes", se dijo. Y se culpó por no haberse tirado al río años atrás y ahorrarle el sufrimiento a su padre y a esas mujeres que ahora gritaban alegres al verla sufrir abrasada por las llamas.