De corazón - Capítulo XIII

27/10/12

Capítulo XIII

Con Edouard despierto y después de haber visto a Travis en mi casa, no tenía motivos para no ir esa mañana al trabajo.

El trabajo de una pedagoga era más agotador y tedioso que el de una profesora. Pero era lo que me gustaba y lo que había elegido ser, así que aguantaba cada hora sentada, esperando a que Arleth Oralia me enviara a un niño, con paciencia.

El niño de hoy era uno de esos niños de los que Arleth Oralia me habló una vez cuando le conté lo que había hecho por Travis. Me dijo que algunos niños del reformatorio habían estudiado en el colegio y que dudaba de los métodos de enseñanza de Lucrecia Strauss desde hacía tiempo, pues bien, yo tenía delante a uno de esos niños.

Se llama Christopher Redfield, tenía ocho años y era huérfano de madre desde los siete. Eso le había causado el bajo rendimiento escolar, eso y haber sido criado en el reformatorio de Lucrecia Strauss desde los tres años hasta los siete, cuando murió su madre. Al morir ella, llamada Annie, su padre decidió sacarlo del reformatorio para pasar más tiempo con él y sentirse menos solo.

Tener a ese niño delante de mí me abría muchas posibilidades a la hora de denunciar a Lucrecia y llegué a pensar que Arleth Oralia lo había hecho a propósito para que aprovechara la oportunidad y me informara de más cosas de ese lugar. Pero no quería involucrar a nadie más, bastante había hecho involucrando a Rob para nada. Para nada no, ahora la gente sabía cómo era Lucrecia Strauss, pero ella seguía libre y yo ya había pasado por la cárcel y por el hospital.

No quería que ese niño tuviera que declarar ante un juez, que sería lo más efectivo para mi propósito, pero es que tampoco quería que recordase nada de ese sitio... así que me centré en los problemas que tenía con sus compañeros de clase, en los problemas que tenía a la hora de estudiar y en los problemas que tenía en casa con su padre alcohólico desde la muerte de su esposa.

Cédric Redfield era un hombre apuesto, con gafas de vista y unas pocas canas en las partes laterales de la cabeza. Iba afeitado y perfumado, pero se notaba en sus ojos que estaba cansado, probablemente llevara muchas más horas despierto de las que debiera para cuidar bien de su hijo, trabajar y conducir.

Le había hecho llamar esa tarde para conocer mejor el caso de Christopher y para que fuese él quién me contara si estaba enterado de los malos tratos que su hijo pudo recibir en aquel lugar años atrás.

—Claro que estoy informado. Cuando fui a buscar a mi hijo al reformatorio unos días después de la muerte de mi Annie pude verlo todo con mis propios ojos.
—¿Y no hizo nada para impedir que eso siguiera sucediendo?
—¡Claro que sí! Denuncié como lo hizo usted, pero la diferencia es que usted no tiene nada que perder, yo podía perder a mi hijo —Cédric desconocía que yo también corría el riesgo de perder a Travis cuando denuncié, pero aún así seguí adelante—. Yo no soy tan valiente como usted, señorita.
—No es una cuestión de valentía, señor Redfield, es una cuestión de humanidad. Esos niños sufren cada día los malos tratos de esa mujer.
—Lo sé, pero en ese entonces yo estaba tan hundido por la muerte de mi mujer que olvidé el tema, lo olvidé completamente y ahora no puedo hacer nada.
—¿Cómo que no? Su testimonio sigue siendo igual de válido aunque haya pasado un año.
—¿Quién va a creer a un borracho?, ¿lo haría usted si no conociera de nada a Lucrecia Strauss ni estuviera involucrada en eso?, ¿o si no conociera a Christopher?
—Bueno... yo... —lo cierto es que no, pero no me atrevía a decirlo.
—Estoy seguro de que no, pero no se preocupe señorita, nadie lo hace. Bueno, ¿y qué quería hablar conmigo, exactamente?
—Le he hecho llamar por los problemas que tiene Christopher en clase: no se lleva bien ni con las profesoras ni con sus compañeros, no hace la tarea ni estudia, ni siquiera se relaciona con nadie y solo tiene ocho años...
—La muerte de su madre le ha afectado mucho... es eso.
—No creo que sea solo la muerte de su madre, señor Redfield, creo que también tiene que ver que usted beba.
—¿Insinúa que yo tengo la culpa? —más que molesto lo noté afligido.
—No toda, pero sí una parte. Verá, a los niños hay que estimularlos para que estudien porque sino ellos solos se aburren y si a eso le sumamos no tener una figura materna que les dé cariño ni a una figura paterna que imitar... se sienten algo perdidos, ¿lo comprende?
—Sí... es triste pensar que todas las veces que le he dicho a mi hijo que cambie y estudie, me estaba equivocando, el que tiene que cambiar soy yo, es eso ¿no?
—Exacto. Haga lo que tenga que hacer para dejar la bebida y pase más tiempo con Christopher, él se lo agradecerá y mejorará su relación con él y sus notas en el colegio.
—Gracias, no sé cómo agradecerle que me haya hablado con tanta sinceridad y me haya abierto los ojos de esta manera...
—Sí sabe cómo... no quiero involucrar a Christopher en todo esto de la denuncia a Lucrecia Strauss porque es muy pequeño y ya ha pasado por suficientes problemas, pero usted podría hacerlo.
—¿Qué tendría que hacer exactamente?
—Podría empezar por reunir una lista con los nombres y teléfonos de todos los padres que han sacado a sus hijos del reformatorio tras haber visto los vídeos en televisión.
—¿Cómo voy a conseguir eso?
—No lo sé, pero lo necesitamos.
—¿Y los otros padres no?
—Si esos padres han visto las imágenes y no han sacado a sus hijos del reformatorio, no nos van a ayudar. Los otros sí.
—Ya entiendo, y ya tengo una idea para comenzar con la lista.
—Muy bien, cuando tenga una lista considerablemente grande pásese de nuevo por aquí, casi siempre estoy.
—De acuerdo, hasta pronto entonces.
—Hasta pronto.

Cédric parecía dispuesto a ayudarme y yo me sentí de nuevo con las energías renovadas para seguir luchando, no solo por Travis, sino por Rob, Laura y los otros niños del reformatorio.

Volví a casa a las siete de la tarde con mucha hambre y cansancio. Me cambié las vendas de los brazos después de limpiarme las heridas que ya iban sanando y fui a la cocina. No había nada de comida y salí a comprar algo al supermercado que hay a unas cuantas calles de mi casa.

Más que un supermercado, era un mercado. Vendían de todo, pero era bastante pequeño. Compré unas verduras, frutas y cereales para preparar el almuerzo de mañana y la cena de hoy. También compré refrescos sin gas, agua y leche, y me di el capricho de comprar unos dulces de arándanos y todo tipo de frutas del bosque.

Con las bolsas de compra en las manos noté el móvil vibrar en el bolsillo del pantalón y luego la melodía de una canción de mi cantante favorita. Solté las bolsas de una mano en la acera y respondí, era Edouard.

—Estoy en la calle, cojo un taxi y en unos minutos llego a casa.
—No hace falta, paso a buscarte, ¿dónde estás?
—¿Qué?
—No tengo permitido conducir todavía porque estoy medicado, pero mi madre se ha ofrecido a hacer de chófer cuando supo que quería verte.
—Vaya... pues estoy saliendo del mercado que hay a unas calles de la gasolinera que está por debajo de mi casa, ¿nos vemos ahí?
—¡Hecho! Mamá, cruza por aquí, a la derecha —le dijo a su madre mientras colgaba el teléfono.

Yo volví a meter el mío en el bolsillo del pantalón y seguí hacia la gasolinera donde no tuve que esperar a que Edouard llegara porque ya estaba allí con la cabeza completamente vendada y una sonrisa.

—Te ayudo con las bolsas, ponlas aquí —me dijo abriendo el maletero del coche de su madre, el de él estaba destrozado después del accidente.
—Gracias, ¿cómo es que te han dado el alta tan pronto?
—No tengo el alta médica, pero me han permitido salir unas horas del hospital y tengo que volver por la noche para estar en observación. Aunque afortunadamente no tengo daños cerebrales.
—Bueno... no los tienes del accidente, pero de antes seguro que sí —dijo Geraldine asomando la cabeza por la ventanilla desde el asiento del conductor—. Subid ya, que empieza a llover.

Nos reímos y obedecimos. Lo cierto era que caía una lluvia suave que apenas mojaba, pero que era incómoda para estar bajo ella mucho rato. En el coche me senté en un asiento trasero y Edouard, que antes se había sentado en el asiento del copiloto al lado de su madre, ahora estaba a mi lado. Me cogió disimuladamente de la mano y entrelazamos nuestros dedos al instante. Ninguno de los dos miraba al otro por vergüenza, no de lo que sentíamos, sino de estar delante de Geraldine.

Entonces llegamos a mi casa, nos soltamos de la mano y nos bajamos para sacar las bolsas del maletero. Cuando entramos dejamos todo sobre la mesa y nos sentamos en el sofá, tenía que hablar con Edouard sobre lo que había ocurrido en el colegio con Christopher y su padre.

—¿Queréis café? —pregunté levantándome.
—Sí, por favor —dijo Geraldine frotándose las manos para entrar en calor.
—Yo no debo tomar café con tantos medicamentos, mejor dame un vaso de agua.
—Tengo refrescos, ¿quieres?
—Perfecto.

Entré en la cocina y mientras hacía el café pensaba en cómo le diría todo eso a Edouard, sentía que quizá se pudiera enfadar conmigo por haber estado planeando nuevas cosas sin él. Quizá se sintiera traicionado o pensara que estaba mal lo que había hecho... no sabía porqué, pero ahora las opiniones que pudiera tener Edouard sobre mí me afectaban más de lo que me podrían haber afectado antes de ese beso.

¿Qué me estaba pasando?, ¿me estaba enamorando de Edouard?, ¿y qué se supone que debo hacer si lo estoy? De pronto el café comenzó a derramarse de la cafetera.

Eso me sacó de mis pensamientos y retiré la cafetera y eché todo el café en las tazas. Removí el azúcar con una cucharilla y eché refresco en un vaso con hielo para Edouard, luego me di la vuelta y caminé hasta el salón donde tuve que superar mis miedos y afrontar el tema sin rodeos.

—Edouard... tengo que contarte una cosa.
—¿De qué se trata?
—Esta tarde he conocido a un hombre, se llama Cédric Redfield y es el padre de Christopher Redfield.
—No me suenan sus nombres —contesto él mientras acercaba el vaso a su boca para darle un sorbo al refresco.
—Christopher Redfield pasó desde los tres hasta los siete años en el reformatorio de Lucrecia Strauss —le cambió la cara.
—¿Cómo los has conocido?
—Christopher estudia en el colegio y Arleth Oralia me encargó que hablara con él para ayudarlo en sus clases.
—¿Y qué te contó? —se le notaba interesado.
—Lo que ya sabemos de esa mujer, que pega a los niños.
—¿Pero ha accedido a ayudarte?, ¿o su padre se lo ha prohibido?
—No, no. Nada de eso. Cédric es un hombre muy comprensivo y después de hablar con él aceptó a ayudarme reuniendo los nombres y apellidos de los padres que han retirado a sus hijos del reformatorio tras la denuncia y los vídeos.
—Eso está bien, ¿no? —me tranquilicé.
—¿Te parece bien?
—¡Claro! Esos padres y ese niño nos pueden ayudar mucho con lo que queremos hacer.
—No. A Christopher lo queremos mantener al margen de esto, bastantes niños están involucrados ya, el pobre Christopher solo necesita olvidar.
—Parece que te gustan mucho los niños —dijo Geraldine.
—Me gusta ayudarles para que tengan la mejor infancia posible —contesté rápidamente—. Por eso me hice pedagoga y por eso me he involucrado tantísimo en esto. Además, no es solo querer que unos niños tengan una infancia inmejorable, es querer que Lucrecia Strauss pague por ello con la cárcel. Esas dos cosas juntas hacen que pueda seguir adelante después de todo...
—¿Qué todo?
—Bueno, sin ir más lejos acabo de salir del hospital y hace poco de la cárcel...
—Sí, mi hijo me había contado algo de eso. Se nota que eres de buen corazón, niña. Ojalá logres tu objetivo.
—Lo logrará —respondió Edouard sonriéndome—. Lo lograremos —y yo le sonreí.

Continuación de 'El invierno de sus ojos'

26/10/12

Ninguno de los dos había querido llegar a ese punto de autodestrucción, pero lo necesitaban. Ella para sentirse de nuevo amada por él y él para encontrar un refugio caliente en el que ahogar sus penas y desprenderse del frío de su corazón.

Una mañana, una ligera lluvia otoñal, las primeras miradas ansiosas después de días sin verse, una caricia y un beso. El primer beso después de mucho tiempo. El beso que demostraba que, si por lo menos no seguía habiendo amor, seguía habiendo deseo. Y eso, a su pobre corazón roto, le bastaba para sentirse alegre por unas horas.

Es difícil de explicar cómo dos personas que se amaron tanto, pueden hacerse ahora tanto daño. Cada vez que lo piensa llora de la tristeza, ella siempre ha sido débil. Las personas débiles dependen más fácilmente de otras más fuertes. Y él es más fuerte que ella porque el frío que corría por sus venas no le permitía sentir lo mismo que siente ella, ese amor tan puro y que cala tan hondo en el corazón que duele sacarlo.

Como si se tratara de un cuchillo con dientes a los lados muy afilados hacia el interior del mismo y que al intentarlo sacar del corazón, desgarrara toda la carne de éste, pues así era el amor que sentía ella por él. Y dolía tanto y la desgarraba tanto, que prefería dejarlo donde estaba y seguir dependiendo del amor de su vida.

La mañana en la que encontró a Rompedor era muy parecida a ésta, recordó entonces cómo se había encontrado en una calle a su amor con otra. Eso la dejó sin aliento y tan fría como lo estaba él por dentro. Pero esta era otra mañana, una en la que no importaba ser el segundo plato, solo volver a sentirse amada, amada por él.

Entonces, después del beso cálido y húmedo que ninguno quiso interrumpir, llegó el momento de deshacerse de las ropas. Y completamente desnudos se amaron casi con brusquedad, con desesperación y con miedo. Entre la oscuridad de la habitación y las sábanas azules se escapó alguna que otra lágrima de ella. Lloraba no se sabe si de felicidad por creer que después de eso él la amaría o porque se había topado contra un muro. El muro de saber que jamás volvería a pasear de la mano con él.

Ese muro era de hielo puro, frío de nuevo y angustia. La pobre se compadecía de sí misma mientras se acariciaba los pechos que él le había besado y recogió sus ropas mirando la casa que dejaba atrás con un toque de nostalgia. Sintió el impulso de echarse a llorar desconsoladamente, pero el miedo de hacerle sentir culpable a él, la hizo contenerse.

Esa mañana la recordaría con cariño, pero con amargura. Digamos que con un sabor agridulce. Y así, entre pequeñas lágrimas que todavía le asaltan al recordar esa mañana, vive esa pobre mujer que acaricia a su gato pensando que algún día llegará el calor... y con eso un nuevo amor. Un amor que sepa valorarla, amarla, respetarla y que quiera comprometerse con ella hasta el fin de sus días.


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Este texto es mi continuación del relato original escrito por una fantástica bloggera en este blog.

De corazón - Capítulo XII

23/10/12

Capítulo XII


—Yo soy June Julissa, una amiga de Edouard, ¿qué ha pasado?
—¿Tú eres la chica que estaba con él en el coche?
—Eh... sí, era yo.
—Veo que tú no estás tan mal como mi hijo... —Geraldine era su madre. Respiré aliviada. Era muy joven para ser su madre y había malpensado—. No te preocupes, a él se lo han llevado a quirófano hace unos minutos.
—¿Ya lo van a operar?
—Sí, anoche despertó y los médicos le dijeron que podían operarle hoy mismo para evitar mayores riesgos si se posponía la operación.
—¿Qué clase de riesgos?
—No lo sé, pero teniendo los huesos del cráneo fracturados, es muy probable que pudiera sufrir daños cerebrales, por eso era tan urgente operar.
—¿Cuánto tardará la operación?
—Unas horas, seguramente dos o tres.

Fui con Geraldine a desayunar y me enteré de que su marido, el padre de Edouard, se llamaba Noel y había fallecido recientemente. Por eso el accidente de su hijo la tenía tan desmejorada, si Edouard moría se quedaría sola.

También supe por qué no parecía su madre. Geraldine se había quedado embarazada de Edouard con tan solo diecisiete años. Se casó con Noel, pues su familia era muy católica, y crió a su hijo en un buen colegio privado que pagaba trabajando en una panadería familiar.

Después de desayunar seguimos hablando hasta que miré el reloj y vi que habían pasado las dos horas que supuestamente duraba la operación. Subimos juntas las escaleras y nos sentamos en la sala de espera hasta que salió el médico y, al vernos, sonrió.

La operación había salido con éxito, habían logrado que los fragmentos del cráneo no perforaran el cerebro y con una placa metálica cada fragmento quedó perfectamente unido.

Edouard seguía anesteciado, así que lo dejé con Geraldine para que lo cuidara y me fui a casa a descansar sabiendo que él ya estaba bien y que pronto volvería a tenerlo a mi lado luchando por ayudarme con Travis.

Salí a la calle y vi una hilera de taxis aparcados, me acerqué a uno y me subí. Después de darle mi dirección, me acomodé en el asiento y miré por la ventanilla las casas y los otros coches. Entonces me acordé de nuevo de la persona con la que nos habíamos chocado en ese accidente. Seguía sin recordar si era hombre o mujer, solo me acordaba de un coche bastante grande y negro.

Llegué a casa y entré para buscar algo de dinero y pagarle al taxista que seguía esperando fuera. Después de pagarle entré de nuevo y cerré la puerta con llave. Cerré también todas las ventanas y comprobé que la casa estaba en orden. Poco a poco en mi cabeza se formaba la idea de que el accidente había sido intencionado.

Recordaba detalles, cosas simples, pero importantes. Recordé por ejemplo que el conductor del otro coche era un hombre con barba y calvo que llevaba unas gafas de sol negras. Sentí miedo al recordar su cara y fui a la cocina a buscar algo de comida.

Había un paquete de galletas y lo devoré mientras el agua de la bañera se calentaba. Eché sales y aceites y sonreí al recordar que hacía años que no me daba un baño con sales. Cuando mi cuerpo estuvo del todo sumergido bajo el agua caliente de la bañera y la espuma del jabón no dejaba ver sino mis rodillas sobresaliendo, oí un ruido.

Enseguida me levanté y me puse en pie para coger la toalla con la que envolví mi cuerpo. Era extraño que se oyeran ruidos tan cercanos a mi casa, generalmente los vecinos no son tan ruidosos. Caminé hasta la puerta donde se oía mejor ese ruido dejando las huellas de mis pies mojados por todo el pasillo. El ruido era tan claro que parecía que la persona que lo provocaba estaba al otro lado de la puerta, esperando.

Y así era, de pronto sonó el timbre y me sobresalté. Pregunté quién era antes de abrir la puerta y escuché la voz de Travis al otro lado. Era imposible, debía ser una broma, pero no lo era. Tenía a Travis llamándome desde el otro lado de la puerta. Yo solo tenía que abrirle, pero sentía miedo de lo que podía pasar al hacerlo y dudé unos segundos.

Finalmente abrí.

—¡Travis!, ¿qué haces tú aquí? —dije abriendo la puerta sin fijarme en su acompañante.
—Hola June... —su tono era alegre y vivaz, como siempre.
—Travis, ¿con quién has venido? —ya me había fijado en aquel extraño hombre con una muleta bajo el brazo.
—Él es Bryan Swinton, es el chófer de mis padres y me ha traído hasta aquí —el hombre era alto, calvo, de unos cincuenta años y que hacía mucho ruido con la muleta, el mismo ruido que me había asustado. Se notaba que no estaba acostumbrado a ella.
—Pasad —dije apartándome de la puerta—. ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?
—Le dije a Bryan que condujera hasta el parque donde me encontraste aquella noche que te quedaste a dormir con nosotros...
—El parque de la Luz —dije, y Travis asintió.
—Después solo tuve que recordar el camino que hicimos caminando detrás de ti cuando vinimos a buscar el desayuno.
—Vaya... sí que sabes orientarte, pero ¿qué haces aquí? Tus padres estarán buscándote de nuevo como locos y no dudarán en venir aquí con la policía.
—Esta noche han vuelto a salir con unos amigos y llegarán muy tarde.
—Aún así es arriesgado, Travis.
—No importa —y se acercó a mí para abrazarme. Yo le respondí al abrazo y le di un beso en su cabecita. No recordaba la falta que me hacía uno de sus abrazos, escucharlo hablar casi como un adulto o ver sus ojillos azules.

Los dejé solos unos minutos para ir a mi habitación a ponerme algo de ropa y una toalla en el pelo del que caían pequeñas gotas de agua a cada segundo.

—Señorita —comenzó hablando Bryan, que hasta ahora había permanecido mudo, nada más salir de mi habitación— yo he sido el chófer de los señores Beaufort desde que tenía uso de razón. Empecé con el padre y ahora sigo con el hijo, el señor Arles Beaufort. Hasta ahora he trabajado para ellos sin quejarme ni cuestionarme nada de lo que me mandaban a hacer, pues a veces no solo se trataba de llevar unas cajas a un lugar a otro, sino cosas más graves.
—¿Qué cosas son esas? —pregunté interesada en conocer los trapos sucios de los Beaufort.
—Eso es una historia demasiado larga, señorita. Si he venido hasta aquí es para avisarla.
—¿De qué? —comenzaba a asustarme.
—De que corre peligro. El accidente de hace tres días no fue un accidente, fue intencionado.
—¿Usted qué sabe de eso?
—Todo. Yo conducía el otro coche que chocó con el vuestro e hizo que dieran vueltas de campana —un escalofrío recorrió mi espalda y mi nuca haciéndome sentir mareada—. Travis se enteró de todo al escuchar a sus padres discutir e intervino en la discusión de sus padres para preguntar por usted. Entonces, yo, que lo escuché todo desde el comedor de los empleados, vi como pegaban a Travis por preguntar por usted.
—¿Qué? —miré a Travis que estaba con la mirada perdida en el suelo y sus manitas sobre el abdomen.
—Después de eso me sentí culpable por lo que había hecho y decidí que Travis se merecía a alguien mejor que cuidara de él, alguien como usted.
—Pero Travis ya no puede volver a quedarse conmigo.
—Sí que puede. Quizá en esta casa donde ya la conocen no, pero busque otro lugar, otro lugar donde huir con Travis para siempre. —Miré a Travis y la idea le entusiasmaba.
—Lo que tiene que hacer es denunciar lo que Arles le obligó a hacer, cuidar de Travis por mí y esperar a que un juez me dé su custodia. Hasta entonces si permanezco más tiempo con Travis, será un secuestro para cualquier juez.
—Pero... —Travis me miraba con lágrimas en los ojos.
—Travis, cariño, lo siento. Edouard me está ayudando con tu custodia y, en cuanto despierte, llevaremos a tus padres a juicio y lucharemos por ti.
—¿Despertar? —la pregunta de Travis hizo sentir incómodo a Bryan, que se imaginaba la respuesta.
—Está en coma tras el accidente, lo han operado esta mañana y los médicos creen que despertará pronto, puede que ya lo esté, pero hasta entonces solo podemos esperar.
—Siempre estamos esperando...
—Lo siento, Travis.
—No es culpa tuya, June —Travis miró a Bryan—. Es culpa de mis padres, por eso no los quiero.
—¡No digas eso! Tienes que volver a casa y fingir que todo sigue igual, que estás bien y a gusto con ellos y que ya no piensas en mí, será la única forma que tengas de sobrevivir en esa casa.
—June... —levanté las cejas a modo de respuesta— ¿me das otro abrazo?

Y le abracé durante un largo rato mientras Bryan examinaba con la mirada mi salón. Luego sonó el teléfono y me levanté a cogerlo mientras me limpiaba las lágrimas con la manga de la camisa. Esta vez eran lágrimas de felicidad.

—June, soy yo —reconocí su voz, era Geraldine. Le había dado mi número esa mañana mientras desayunábamos.
—¡Geraldine!, ¿ha ocurrido algo?
—Los médicos tenían razón, hija, Edouard ha despertado.
—¿Ahora?
—Sí, hace unos pocos minutos. Lo primero que he hecho ha sido avisar al médico y lo segundo llamarte, ¿cómo estás?
—Yo perfectamente —miré a Travis que estaba atento a la conversación—. Voy ya mismo para allá, hasta luego.
—Hasta luego.

La señora Monnet era muy agradable y simpática y ya me había cogido cariño, lo que no sabía todavía era la “amistad” que me unía con Edouard. Aunque se lo imaginaba por cómo hablaba de él sobre todo lo que me había ayudado como abogado y como amigo.

Colgué el teléfono y me senté al lado de Bryan para darle la noticia.

—Edouard ha despertado del coma, está bien.
—¡Dios mío!, ¡cuánto me alegro!
—Me imagino que esto deberá de ser un gran alivio para usted, pero nadie más debe saberlo, ¿entendido? Para Arles y Romane, Edouard ha muerto o sigue igual, lo que usted prefiera.
—Bien... ¿y eso para qué?
—Para poder seguir haciendo lo que estábamos haciendo, pero ahora clandestinamente. Yo le diré personalmente a Arles o a Romane que ya no deseo la custodia de Travis y tú —me dirigí a Travis— debes llorar y hacerles creer que estás triste porque ya no te quiero.
—Pero June... tú me prometiste...
—Sí, sí, es solo una mentira, Travis, yo te sigo queriendo —le piqué un ojo.
—¿Vamos a engañar a mis padres?
—Exacto.

Fui hasta el hospital en el asiento trasero del coche de los Beaufort, Travis estaba a mi lado y Bryan conducía en silencio con la música puesta.

Mientras Travis y yo hablábamos, notaba que Bryan me miraba por el espejo retrovisor del parabrisas. Cada vez que lo sentía, miraba hacia Bryan y él volvía la vista a la carretera, así unas cuatro o cinco veces. No entendía qué le parecía tan interesante de mí, pero me molestaba que me espiara mientras hablaba con Travis sobre Edouard... me molestaba en general, aunque no estuviese hablando de nada.

Llegamos al hospital y me despedí de Travis con un abrazo, de Bryan con un hasta luego. Me bajé del coche y caminé hacia la entrada, luego me giré y me despedí con la mano antes de terminar de entrar en el hospital.

Subí por el ascensor y nada más salir me encontré con Geraldine.

—Hola, vamos a la habitación, Edouard no para de preguntar por ti —me alegré de saberlo y noté unas cosquillas en el estómago.
—¿Por mí?
—Sí, el pobre no para de preguntar por June y pide que lo dejen verte, piensa que sigues ingresada y que los médicos le dicen que no para tranquilizarlo —recordé cuando yo desperté y estaba igual, pensando que quizá él estuviese muerto.
—Está bien, vamos.

Caminamos hasta la habitación de Edouard que estaba a unos treinta metros y cuando llegamos oímos gritos de las enfermeras y de Edouard. Entonces me apuré en abrir la puerta para que me viera y se tranquilizara. Y así fue. Nada más verme se calmó y sonrió ampliamente. Volví a sentir cosquillas en el estómago y me sonrojé.

—June... pensaba que...
—Lo sé, tranquilo, tu madre me lo ha contado todo y tiene razón cuando te dijo que yo estaba bien.
—Bueno, tienes vendas en los brazos y en la cabeza.
—Sí, golpes y arañazos, nada grave.
—Todo lo malo me lo llevé yo, ¿no? —dijo tocándose la cabeza.
—¿Cómo te sientes?
—Mareado a ratos, pero bien.
—Te irás sintiendo mejor poco a poco —intervino el médico que estaba en la habitación.
—Eso espero... —contestó Edouard— ¿puede dejarnos solos, por favor? —se dirigió al médico y a las enfermeras, pero su madre también se dio por aludida y salió fuera.
—¿Por qué les has hecho salir? —pregunté nerviosa.
—Porque quería hablar a solas contigo, June.
—¿Sobre qué? —me fui acercando poco a poco a su cama.
—Creo que lo sabes muy bien... y es algo de lo que debimos haber hablado desde hace tiempo —aquellas palabras me dejaron sin habla ni respiración—. June, me gustas —Edouard esperó mi respuesta, pero seguía sin poder hablar—. No tenía que haberte dicho nada, soy un idiota, lo siento —apartó la mirada avergonzado.

Entonces yo reaccioné y, como seguía sin poder articular palabra, me lancé a sus labios y le besé.

En ese momento nos interrumpió Geraldine, que quedó enterada de nuestra relación antes que nosotros. Había entrado para avisar de que a Edouard debían hacerle unas pruebas más y luego salió dejándonos de nuevo solos. Edouard y yo nos miramos y sonreímos de la vergüenza y de la felicidad. Vergüenza porque su madre nos había visto y felicidad porque nos habíamos besado... para él no era nuestro primer beso, pero para mí, que la primera vez estaba borracha, este beso sí fue el primero.

Llegó el médico, Edouard se fue, Geraldine me miró y sonrió luego, yo me sentí un poco incómoda y volvió el médico de nuevo con Edouard en una silla de ruedas, para que no se cansara.

Era tarde y después de despedirnos con otro pequeño beso, me fui a casa a descansar.

De corazón - Capítulo XI

19/10/12

Capítulo XI


Tenía la mirada perdida en el techo de la habitación, sin apetito ni ganas de moverme. Los médicos estaban preocupados por mi salud, mis padres no paraban de llorar al lado de mi cama mientras yo dormía y mis amigas del colegio, incluida, Arleth Oralia, estaban allí para verme.

Del que no sabía nada era de Edouard, ni siquiera si estaba vivo. Los médicos no querían decirme nada para no alterarme y eso precisamente era lo que más me alteraba. Luego supe que llevábamos allí dos días y que yo misma había estado al borde de la muerte. Me quedé de piedra al saberlo y en seguida me preocupé más por Edouard. Y también por el hombre o mujer con el que habíamos chocado.

La policía había ido a verme para preguntarme detalles sobre el accidente, pero yo no recordaba apenas nada. Entonces no aguanté más y aproveché que los enfermeros hablaban con los policías sobre mi estado y que mis padres habían salido a comer, para escaparme. Fui al baño fingiendo una mejoría en mi ánimo, pero lo que hice fue salir en busca de Edouard.

Caminé por los pasillos totalmente débil y mareada, buscaba habitación por habitación y pedía disculpas cuando encontraba a algún paciente descansando o hablando con sus familiares. Mi plan iba perfectamente hasta que una enfermera me encontró.

—Dejadme en paz... solo quiero ver a Edouard... quiero verle —me costaba mucho hablar.
—Señorita, no conozco a ningún Edouard, vuelva a su habitación.
—Estaba conmigo en el coche... ¿por qué nadie me dice cómo está?
—Tranquilícese, volvamos a su habitación.
—¡Yo ya estoy tranquila! —aunque no lo pareciera—. Solo quiero ver a Edouard.

Entonces el médico que me había atendido me reconoció y se acercó rápidamente. La enfermera se disculpó y yo volví a preguntar por Edouard. En ese momento debí parecer bastante desesperada, porque el médico, a pesar de mi estado, me llevó a ver a Edouard.

Antes tuve que comer y tomarme unos medicamentos, me consiguieron una silla de ruedas y me acompañó hasta otra punta del edificio. Lejos, muy lejos. Pasamos por muchos pasillos y subimos por algunos ascensores hasta llegar a la Unidad de Cuidados Intensivos.

Sentí que me desmayaba, pero fui fuerte. El médico abrió la puerta de la habitación y empujó mi silla hasta ponerme al lado de él. Me puse en pie y le vi la cara. Llena de vendas, con unos tubos plásticos por la nariz y una mascarilla en la boca. Le agarré una mano donde tenía una aguja por la que entraba un líquido transparente y miré la etiqueta: Morfina.

Me acerqué a su cara, ahora tenía más barba. Le miré fijamente y luego cerré los ojos para darle un beso en la mejilla. Entonces un aparato comenzó a sonar: sus latidos habían aumentado. El médico me miró y me pidió que le hablara.

—Edouard, soy June —su pulso se aceleró más—. Estoy bien, solo tengo unas heridas en la cabeza que ya me han curado y me han dicho que no tendré cicatrices. Aunque estoy un poco débil. Tú también tienes heridas, pero tampoco te quedarán marcas. Estoy segura de que te pondrás bien, pero para eso tienes que despertar. Prométeme que lo harás... te necesito a mi lado, Edouard Gabriel Monnet. ¿Quién si no será mi abogado y me ayudará con Travis?, ¿y quién me llevará pizzas a casa o me sacará de líos? Tú, Edouard, tú. Despierta, por favor.

Pero no despertó. Y yo cerré los ojos y caí sobre la silla de ruedas en la que había llegado. El médico me llevó a mi habitación y me dejó descansando, más bien, me dejó llorar a gusto, evitando que alguien entrara en la habitación o llamara a la puerta. Agradecí el detalle, pues no tenía ganas de visitas ni de enfermeras que me cuidaran, yo ya estaba prácticamente recuperada.

Los golpes que había recibido en la cabeza como consecuencia de las vueltas de campana que dimos en el coche, me habían dejado inconsciente durante horas, pero realmente nunca estuve al borde de la muerte. Las heridas de los brazos estaban producidas por los cortes con el cristal de la ventanilla del asiento del copiloto y del parabrisas, los hematomas y algunos rasguños menores fueron del intento desesperado de salir del coche y de los golpes contra el suelo mientras rodábamos cuesta abajo.

En total unas cuatro vueltas de campana, la última la peor, porque fue cuando el coche se detuvo del todo y chocó contra un árbol. Ahí perdí el conocimiento, todavía me acuerdo del golpe en la cabeza y del dolor que sentí segundos antes de verlo todo negro. Poco a poco iba recordando más cosas como que Edouard también gritaba, que el coche con el chocamos era negro y que pensé en Travis mientras descendíamos sin control dando vueltas y sintiendo los golpes contra nuestros cuerpos.

Estando tan recuperada como estaba me dieron el alta a la mañana siguiente después de haberme hecho pruebas y cosas a las que no le presté atención. Yo solo quería ir a ver a Edouard y saber si estaba bien.

Desayuné y tomé mis medicamentos para los dolores de los cortes en los brazos y de la cabeza, y fui a la habitación de Edouard. Recordaba cómo llegar, pero no el número de su habitación. Pregunté y una amable celadora me condujo hasta la habitación donde me encontré la cama vacía y a una mujer llorando mientras acariciaba las sábanas.

—¿Quién es usted? —comencé preguntando sin presentarme ni saludar.
—Soy Geraldine, ¿quién eres tú?

De corazón - Capítulo X

15/10/12

Capítulo X


—¿Travis? —pregunté nerviosa esperando que contestara él y no la niñera que se quedaba a su cargo según me contó Edouard.
—Sí, ¿June? —su voz me devolvió la sonrisa.
—Sí, soy yo, ¿cómo estás?, ¿tus padres te tratan bien?
—Estoy bien y mis padres me tratan bien, pero no puedes llamarme más, June.
—¿Qué?, ¿y eso por qué?
—Porque después de que se fuera ayer el chico que te gusta, el de las pizzas... —me sonrojé hasta las cejas. Tenía el manos libres puesto y Edouard estaba en la cocina, a pocos metros y escuchándolo todo—. Mis padres se preguntaron qué relación tenía yo con ese hombre que era abogado tuyo y empezaron a sospechar de la teoría de los hippies.
—¿Pero qué sospechan exactamente? —Edouard salió de la cocina y se sentó a mi lado.
—Antes los escuché hablar y decían que creían que tú y él me tenían escondido y luego me hicieron preguntas acerca de donde estuve.
—¿Y tú qué respondiste?
—Que no me acordaba de nada... solo que había árboles y animales.
—Los árboles y los animales que viste en la autopista cuando te llevaba a casa de mi madre, ¿verdad?
—Sí, solo dije eso, te lo prometo —se apresuró a decir.
—Te creo, Travis —suavicé mi voz para calmarlo—. Si quieres y si estás feliz con tus padres, dejaré de llamarte para siempre.
—No, no June, por favor. Me dijiste que lucharías por mí le doliera a quién le doliera... no me dejes...
—¿En serio quieres seguir viviendo conmigo ahora que tus padres ya te tratan bien?
—June, ¿a ti te parece bien dejarme solo toda la noche? Seguro que mañana llegan cansados, duermen todo el día y por la noche vuelven a salir a otra cena con otros amigos. Así siempre, en todos lados.
—Pero habrá días en los que no salgan, ¿no?
—Esos son los peores, June. Es cuándo les molesto y me tratan mal.
—Travis, a mi lado está Edouard, él me ayudará a conseguir que seas mi hijo legítimamente.
—¿Eso qué significa?
—Que nadie nos podrá separar nunca.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo —se escuchó un ruido.
—June, tengo que colgar. Adiós.
—Adiós pequeño —escuché cómo Travis colgaba el teléfono, pero yo seguía escuchando aquel ruido y luego la llamada se cortó.

Esa tarde la había pasado trabajando con Edouard en mi despacho. Apuntaba notas, repasaba ejercicios que había hecho con los niños y citaba a nuevos niños a hablar conmigo o a sus padres. Mientras, Edouard me miraba fingiendo estar estudiando un caso.

Luego habíamos ido a mi casa, habíamos bebido unas cervezas que él había comprado y pedimos pizzas, como no, a Megapizzas. Esperamos así hasta que el reloj marcó las ocho, hora en la que Arles y Romane deberían de haber salido ya de su casa. Esperamos un poco por si se habían retrasado y llamamos a las ocho y diez, rezando porque fuera Travis el que cogiera el teléfono.

Me alegró saber que estaba bien, que sus padres aunque desaparecieran toda la noche, al menos no le pegaban, me alegré por haberle escuchado y por saber que quería que luchara por su custodia.

Todo era perfecto para mí: estaba con Edouard que me caía muy bien y me gustaba bastante, había hablado con Travis y sabía que estaba bien, había salido de la cárcel y mantenía mi trabajo como pedagoga, incluso había ganado más amigas dentro del colegio.

Todo era perfecto esa noche, pero, como si el destino se empeñara en ponerme las cosas más difíciles, a la mañana siguiente se desvaneció toda mi felicidad de un plumazo.

Ahí estaba yo, en la cama junto a Edouard sin recordar nada de la noche anterior, con el aliento a alcohol y el estómago lleno de pizza. Llamadas perdidas de mi madre en el móvil y otras tantas de Arleth Oralia. Sin olvidarnos de un mensaje extraño en el contestador.

Todo ello parecía estar desconectado, pero no era así. Todo tenía que ver con la llamada que había hecho esa noche a Travis. Entonces los ruidos que escuché al otro lado del teléfono, cuando Travis ya había colgado, cobraron sentido.

Me levanté de la cama corriendo y cogí un albornoz del armario. Me di una ducha y me lavé los dientes antes de salir a desayunar y escuchar el mensaje.

No te resultará tan fácil salirte con la tuya, querida. Travis, aunque te pese es mío.

Su voz no me sonaba de nada, no sabía quién era esa mujer que me había dejado el mensaje, pero sin duda tenía que ver con Travis... y decía que él era suyo, ¿Romane?, ¿Romane de Beaufort me había llamado a mi casa? Era extraño, pero sí. La niñera de Travis era la de los extraños ruidos. Ella lo había escuchado todo y posteriormente se lo había contado a Romane y a Arles, haciendo que sus dudas sobre mi relación con Travis se disiparan.

Ahora sí que estaba perdida, ahora los padres biológicos de Travis sabían la verdad. Si es que la historia de los hippies era demasiado... surrealista.

Más lo fue el hecho de que Edouard se levantara con una sonrisa y se dirigiera a mí, que estaba en el salón escuchando el mensaje, con intenciones de besarme. Instintivamente lo rechacé, puede que él se acordara de lo que pasó anoche, pero yo no y mi relación con él todavía seguía estancada en una bonita tarde en mi despacho. No se molestó cuando lo rechacé y fue a asearse a mi baño y a vestirse.

Yo fui corriendo a la cocina a mirar el reloj de la pared. Las nueve y cuarto de la mañana. Corrí a mi habitación a buscar el móvil y vi los mensajes de Arleth Oralia. Estaba preocupada porque no había aparecido a trabajar esa mañana y la llamé para tranquilizarla.

Después de pedir disculpas vi las llamadas perdidas de mi madre, asustada la llamé. Lo que escuché me dejó fría. Los padres de Travis habían presionado al pobre para que contara la verdad y él tuvo que hacerlo y contar que estuvo con mi madre en Rennes. Mucho no debió costarles pagar a alguien para que investigara dónde estaba la casa de mi madre y, cuando lo supieron, mandaron a alguien a darle un mensaje de su parte a mis padres.

Mi cuerpo seguía congelado mientras escuchaba a mi madre. Edouard ya había salido del baño y escuchaba atento lo que le respondía a mi madre porque, al ver mi cara de susto, sabía que esa llamada era importante.

—¿Qué pasó? —me preguntó cuando colgué.
—Mi madre, Travis, Romane, un hombre en mi casa —fue lo único que pude decir.
—¿Qué? Siéntate y toma aire —le obedecí. Estaba pálida—. Un hombre entró a casa de mis padres a la fuerza mandado por Romane y Arles —pude al fin decir.
—¿Cómo sabían ellos que tu madre...? —le interrumpí.
—Anoche, mientras hablaba con Travis, la niñera escuchaba por el otro teléfono y se lo contó. Luego presionaron a Travis que les contó todo sobre mi madre y mi padre en Rennes y ellos contrataron a alguien para que...
—¿Tus padres están bien? —su voz era de preocupación.
—Sí, sí, ese hombre solo quería decirles algo parecido a lo que me dijo Romane.
—¿Has hablado con ella?
No directamente... —le llevé al salón y le puse el contestador.
—Creo que es el momento de intervenir —dijo con tono serio y seguro.
—¿Intervenir?
—Con una demanda de custodia.
—¡Ya era hora! —me puse en pie—. Gracias por ayudarme, Edouard —y sonreí—. Por cierto, ¿qué pasó anoche? —La pregunta lo pilló desprevenido y agachó la mirada.
—Eh... anoche... no sé —mintió—. No me acuerdo.

Fui a la cocina a desayunar y dejé a Edouard en el salón pensando en lo que fuera que pasó anoche. Yo no lograba recordar nada y no quería presionarle a que me lo contara si no quería.

Preparé la mesa para desayunar juntos, pero él volvió a mi habitación y salió de ella colocándose la cartera en el bolsillo trasero de su pantalón. Antes de que pudiera decir nada me dijo adiós y salió de mi casa dejándome con las rebanadas de pan en las manos que me disponía a dejar sobre la mesa.

No supe qué era lo que le había molestado, seguramente mi pregunta sobre lo de anoche, pero no entendía el porqué. Desayuné sola y me vestí para salir a trabajar cuando escuché el teléfono sonar. Pensé que podría ser mi madre o Arleth Oralia, pero la persona que estaba al otro lado del teléfono no era precisamente una amiga.

—¿Diga? —pregunté levantando el teléfono.
—Yo no seré tan benévolo como mi mujer —dijo una voz masculina.
—¿Arles Beaufort? —pregunté aún a sabiendas de que era él.
—No vuelva a llamar a mi hijo ni intentar comunicarse con él o tendrá problemas, problemas serios señorita Landry.
—¿Eso es una amenaza?
—Tómeselo como quiera, pero no queremos volver a saber nada de usted.
—Pues lo tendrá difícil —dije con la voz firme—. Quiero la custodia de Travis.
—¿Pero usted quién se cree que es?
—¿Quién se cree que es usted que maltrata a su hijo y permite que su mujer también lo haga? —hice una pausa—. Travis es un niño ejemplar con un corazón lleno de bondad y vosotros lo maltratáis, lo abandonáis y lo lleváis con Lucrecia Strauss. Unos padres ejemplares, felicidades —me asombré por mi ironía y valentía.
—Usted lo ha querido —dijo Arles antes de colgar.

Ya estaba llegando al colegio cuando recibí una llamada. Miré la pantalla del móvil y sentí ganas de pulsar el botón rojo. No quería hablarle, no quería pasar por tensiones, pero le di al verde. Edouard estaba enfadado, estaba subiendo el tono de voz y me trataba con autoridad y más confianza. Noté el cambio que había tomado nuestra relación, pero mi atención la dirigí más a lo que me contaba.

Una orden de alejamiento y una denuncia por acoso en mi contra. Edouard estaba furioso porque eso dilataría más el proceso de demanda de la custodia. Yo, en cambio, estaba destrozada y cansada de que todo fueran malas noticias para mí cuando yo era la buena, la que actuaba de corazón. Lucrecia Strauss solo sufre algunos insultos de personas anónimas, el comisario Molineaux ni siquiera eso y de Catherine no se sabe nada. Ni el comisario ni Catherine pegaban a los niños, pero eran cómplices y para mí era lo mismo.

Colgué el teléfono después de quedar con Edouard esa tarde para hablar sobre lo que había pasado en mi casa. Pero esta vez quedamos en una cafetería.

Entré en mi despacho y me dejé caer sobre la silla. Hice llamar a los niños que tenía que atender hoy y me sorprendí al ver que uno de los niños que había atendido el primer día, el que no hablaba y parecía enfadado con todos, había vuelto a sacar malas notas y estaba castigado por sus padres.

Lo atendí y esta vez lo noté más receptivo, confiaba un poco más en mí y estaba más relajado. Así supe que sufría de depresión, los síntomas estaban claros, pero no era médico ni entendía de enfermedades psicológicas. Así que llamé a sus padres y les pedí que le llevaran al médico y que éste decidiera.

Algo grave debía de ser para que un niño unos años mayor que Travis sufriera de depresión. Pero yo también tenía algo grave entre manos y, a través de las ventanas, pude ver que ya había anochecido. Miré mi reloj y eran las siete, había quedado con Edouard a las ocho.

Recogí mis cosas, me despedí de Arleth Oralia, pasé por el baño de profesoras y me topé con algunas de ellas ahí dentro. Volvieron a sacar el tema de las grabaciones, me preguntaron cómo me iba, me hicieron sentir incómoda y logré escaparme.

La cafetería estaba relativamente cerca, le había pedido a Edouard que quedásemos en esa porque andando no tardaba más de veinte minutos. Cómo deseaba una bicicleta en esos momentos... o algo más barato que el taxi, más cómodo que los horarios del bus y más rápido que mis piernas.

Al final llegué cuando quedaban unos quince minutos para las ocho. Me senté en una mesa alejada de la entrada y de la gente, quería que fuese lo más íntimo posible, pero también estaba cerca de la ventana y podía ver a Edouard cuando llegara.

Diez minutos más tarde lo vi llegar con su traje de corbata. Miró a su derecha y a su izquierda hasta que yo levanté la mano y me vio.

—¿Cómo estás? —me preguntó sentándose y sin mirarme directamente a los ojos.
—Yo bien, el que me preocupa eres tú.
—¿Yo? —se sorprendió.
—¿Te parece normal salir de una casa sin despedirse cuando estaba preparando el desayuno para los dos?
—Lo siento... —agachó la mirada de nuevo.
—No quiero que lo sientas, quiero que me expliques por qué lo hiciste y qué pasó anoche.
—¿De verdad no te acuerdas? —su tono era de incredulidad.
—No te lo preguntaría de saberlo, Edouard.
—Yo tampoco me acuerdo bien, sé que nos besamos, —me sonrojé— nos tumbamos en la cama y no recuerdo nada más —estaba avergonzado.
—Debimos de quedarnos dormidos al instante —me reí y le contagié mi risa.
—Seguramente... —respondió riendo y mucho más cómodo.

Una vez solucionado el tema de lo que había pasado anoche, era el momento de hablar de la custodia, de la denuncia y de la orden de alejamiento.

Lo cierto es que eso me podía traer muchos problemas, pero si sabía contraatacar, podía salirme con la mía. Que era ni más ni menos que tener a Travis en mi casa como mi hijo legítimo.

No sabía cómo íbamos a hacerlo, ni tampoco sabía por qué Romane y Arles tenían tanto interés en Travis si no le querían. Quizá fuese el orgullo o algo más profundo, pero cualquier cosa sería mejor que ese reformatorio en el que lo habían metido, incluso mejor que estar con ellos mismos, porque, conmigo, Travis sería feliz. Ellos lo sabían y preferían luchar antes que acceder.

Aunque, quizá, si hablaba con ellos y les demostraba el cariño que sentía por Travis, lograban aceptar cederme la custodia.

—Edouard... —comencé mi discurso interrumpiendo el suyo—. Creo que lo mejor es que vaya directamente a hablar con Arles y Romane.
—¿Qué? —frunció el ceño esperando que continuara.
—Si les demuestro lo que quiero a ese pequeño, quizá los convenza. Seguro que aunque no soporten tener que cuidar de un niño, se alegrarán de saber que estará bien cuidado por mí.
—Puede funcionar, pero... es arriesgado teniendo en cuenta la orden de alejamiento.
—De momento esa orden no existe, ¿no? Ningún juez me lo ha ordenado. Por ahora es solo una petición de Arles a su abogado.
—Sí, también tienes razón, pero...
—¡Pero nada! Estoy dispuesta a lo que sea. Ya es tarde, pero mañana viajaremos a Angers.
—¿Estás segura?
—Completa y absolutamente segura —dije poniéndome en pie.

Mi seguridad y tranquilidad se contagió a Edouard, que se comenzó a destensar poco a poco. Pagamos los cafés y los dulces y caminamos sin rumbo. Yo tenía pensado coger un taxi, pero, Edouard se ofreció y no pude negarme a la comodidad de su coche y al placer de su compañía.

Cruzamos una calle y vimos el coche. Nos subimos y nos abrochamos el cinturón, pero para salir teníamos que dar marcha atrás y la calle era un poco estrecha y tenía mucho tráfico, así que, Edouard se estresó un poco y se quitó la chaqueta. También se soltó un poco la corbata y apoyó su brazo derecho en el respaldar de mi asiento para inclinar su cuerpo hacia atrás y ver mejor la carretera. Entonces sentí su calor y su olor, un perfume de hombre bastante agradable y fresco.

Inspiré profundamente para retenerlo en mis pulmones y en mi memoria, y luego salimos de esa calle. Condujo hasta mi casa en silencio, con la música puesta pero muy bajita, las ventanillas subidas y la calefacción puesta. Los cristales comenzaron a empañarse un poco y la apagó mientras bajaba automáticamente las ventanillas.

Empezamos a ver con más claridad la carretera, los coches, los peatones y las luces. De pronto se puso a llover y el agua empezó a entrar en el coche. Me mojé el lado derecho de la cara y el brazo derecho, pero hubiese sido peor de estar esperando un taxi en la calle. Me sequé con la manga de mi abrigo, pero Edouard me ofreció un pañuelo.

—Gracias —respondí al gesto con una sonrisa.
—De nada. Ya hemos llegado.
—¿No quieres bajarte para seguir charlando sobre el caso?
—Creo que no hará falta, tú ya lo tienes todo muy claro. Además, tenemos que descansar para mañana.
—Cierto, bueno, pues gracias —abrí la puerta para bajarme, pero la volví a cerrar—. Oye, respecto al dinero, quiero pagarte, ¿cuánto cobras?
—Nada, tú no eres la que me paga, recuerda que soy tu abogado de oficio.
—Sí, para sacarme de la cárcel con el rollo ese de Lucrecia, pero no para ayudarme con la custodia de Travis, ¿cuánto cobras?
—No te cobraré nada, June, no insistas.
—Bueno, está bien, al menos te pagaré la gasolina y otros gastos, ¿qué te parece?
—Que eres una pesada... pero si así te sientes mejor, acepto.
—Perfecto —sonreí y me acerqué a su cara para despedirme. Le di un beso en el cachete y noté su barba sin afeitar de dos días y de nuevo su olor agradable. El se sonrojó.
—Bue-buenas noches —alcanzó a decir.

Me bajé del coche y corrí hacia la puerta para no mojarme mucho, pero lo cierto es que cuando entré, estaba empapada de pies a cabeza. Presentía que esa lluvia duraría toda la noche y parte de mañana, y no me equivoqué.

A la mañana siguiente, Edouard estaba con su coche aparcado enfrente de mi casa. Yo metía algo de dinero y comida en una maleta mientras él esperaba. Cogí mi paraguas y lo abrí sujetando con fuerza la maleta bajo el brazo.

Corrí hasta el coche y me refugié en la calidez que se respiraba dentro. Entonces él arrancó y salimos de allí. Esta vez estaba más hablador que ayer y llegamos a Nantes antes de que pudiera darme cuenta. Desde ahí cogimos la autopista y entonces todo fue una larga carretera llena de risas, confidencias y migas de pan.

Los bocadillos que había preparado y metido en la maleta ya nos los habíamos comido y estábamos apartando las migas de nuestra ropa cuando un coche, a alta velocidad, se dirigía a nosotros.

Recuerdo que grité, recuerdo que Edouard giró el volante con todas sus fuerzas hacia la derecha, recuerdo que me agarré del techo y levanté las piernas inconscientemente para protegerme. Lo que no recuerdo fue el impacto del coche contra el arcén ni cómo nos rescataron de allí.