Red Velvet - I Capítulo: Deuda [Extracto]

15/7/12

Carla deshacía su maleta mientras escuchaba las risas de unos niños a través de la ventana. La habitación era pequeña, pero acogedora. Y la casa en sí era bonita, llena de detalles y de recuerdos de la familia que vivió allí durante tantos años antes de que el propietario decidiera volver a alquilarla cuando la familia encontró un lugar más barato donde poder vivir.

Después de guardar con cuidado su ropa en el armario, se dirigió a su consultorio, se colocó su bata de médico y comenzó a hacer llamadas telefónicas. Cuando colgó el teléfono de la última persona a la que tenía que llamar, reposó su espalda contra la silla y cerró los ojos pensando lo duro que sería trabajar allí, pero a la vez, lo gratificante que sería no recibir críticas ni insultos por ser mujer.

¡Rápido! Se desangra gritó un chaval de unos trece años.
Ayúdame a tumbarlo en la camilla, vamos, ¿qué ha pasado?
Le han apuñalado, unos chicos mayores.
Esto tiene muy mala pinta, trae gasas y un maletín que hay sobre la mesa el chico obedeció—. Gracias, ¿cómo te llamas?
Martín, como mi difunto padre, pero todos me llaman Nano porque soy el más pequeño de la familia.
¡Naaano! el chico de unos veinte años estiró su mano al escuchar la voz de su sobrino.
Tranquilo tío Agus, todo saldrá bien.
Muy bien Martín, te voy a pedir que salgas fuera para poder terminar de trabajar Carla se colocó los guantes de látex y comenzó a examinar la herida. Martín salió, pero se quedó escuchando al lado de la puerta—. Increíblemente, la herida no ha ni rozado ningún órgano vital, ni siquiera es tan profunda como pensaba por la cantidad de sangre de la camisa se decía Carla para sí en voz alta.

[14 horas más tarde]

El sol brillaba con intensidad, Carla jamás podía haber imaginado un día tan soleado en la ciudad, era increíble lo bien que se respiraba sin contaminación y lo feliz que se sentía en ese lugar. Al darse cuenta de que el sol significaba que ya era de día, se levantó corriendo al consultorio. Antes pasó por el baño y se dio una ducha fría y se puso ropa limpia, pero temía llegar cuando Agus ya estuviera despierto y que el pobre no encontrara a nadie a su lado que le explicara que no podía moverse. Carla se apresuró y llegó exhausta al consultorio donde Agus seguía durmiendo sobre la camilla con las manos sobre el pecho, como si tuviera frío. 

¿Qué me ha pasado? dijo Agus abriendo los ojos.
Que ayer debiste de meterte en un buen lío y, según tu sobrino Martín, unos chicos mayores te apuñalaron.
¡Nano!, ¿dónde está?
Él está bien, en su casa.
¿Y los que me hicieron esto?
Llamé a la policía después de curarte la herida y ellos se encargaron de vigilarte toda la noche y de vigilar también a tu familia.
Gracias, pero no hace falta, ya puedo cuidar yo de ellos sin ayuda Agus se intentó incorporar y soltó un grito de dolor.
No puedes moverte todavía, estás muy débil por la pérdida de sangre, tienes que comer algo.
Sí, tengo hambre.
Eso está bien, ahora mismo te traigo algo de mi casa. ¡No te muevas!
Que no... si no podría de todas maneras.
¡Señorita! dijo Josefina cuando Carla abrió la puerta del consultorio—. Traigo comida para usted y para mi hijo.
Ahora mismo iba a por comida, su hijo ya está despierto.
¿Puedo pasar a verlo?
Pues claro, pase Carla la dejó pasar y los dejó solos. 

Caminó por un camino embarrado hasta llegar a un camión blanco y verde que traía los medicamentos en cajas de cartón más grandes y pesadas de lo que Carla se imaginaba. Le pagó al hombre que la acompañó en coche hasta la entrada del pueblo y luego se bajó del camión cargada con las tres cajas. Afortunadamente para ella, en ese pueblo la gente es buena y amable, un grupo de cinco hombres se acercaron a ayudarla, uno de ellos llevó las dos más pequeñas y otro la más grande, los demás se retiraron después de darle los buenos días a Carla. Ella se sintió acogida y querida por sus nuevos vecinos, algo que jamás hubiera pasado en la capital. Allí podría haber caminado horas cargada con las cajas bajo un sol cegador, que nadie se hubiera acercado a ayudarla.

Cuando los hombres entraron al consultorio con ella le dejaron las cajas en el suelo y salieron despidiéndose muy amablemente. Carla les correspondió en el saludo y les agradeció que la ayudaran con las cajas. 

¿Qué es todo eso?
Medicamentos. A ti te daré unos pocos para que no te duela tanto.
Gracias, será un alivio.
Oye, ¿ha venido alguien a verte?
No, mi sobrino debe estar en el colegio y mi madre no habrá querido volver a pasarse por aquí.
¿Y tu padre?
Murió cuando tenía diecisiete.
Lo siento, yo soy huérfana desde los nueve. Sé lo que es ser pobre y no tener a nadie.
No lo parece... quiero decir, no pareces pobre ni triste.
De la pobreza me sacaron los estudios y de la tristeza, este lugar.
¿Este pueblo?
Sí, me ha devuelto la felicidad. En la capital era objeto de burla por ser mujer.
Machistas... tienen la mentalidad de que las mujeres solo sirven para cuidar de la casa y que cosas como ser médico, están prohibidas.
Así es, por eso huí de allí cuando reuní el dinero suficiente.
Hablando de dinero, lo he pensado mejor y me da pena que tengas que ayudarme sin conocerme...
No necesito conocerte, he visto como sufre tu madre y tu sobrino. Ellos no pueden ayudarte, pero yo sí. Déjame hacerlo, por ellos.
Está bien. Por cierto, ¿cómo te llamas?
Carla.
Un nombre muy bonito, ¿sabes lo que significa?
Significa "la que es fuerte" Agus sonrió y cerró los ojos dejándose dormir.

[...]

Los dos volvían a estar muy cerca el uno del otro, pero ahora de pie, sujetando el sobre cada uno por un lado. Con la mano que Agus tenía libre sujetó el brazo de Carla y la acercó a él y ella se dejó acercar con la mirada fija en el suelo. 

Quiero besarte dijo Agus y Carla levantó la mirada.
¿Y a qué estás esperando? ambos cerraron los ojos y se besaron lentamente en la oscuridad del salón.

Rexnata - I Capítulo: Desenmascarada [Extracto]

Era sábado noche, todos los jóvenes de la ciudad estaban como locos saliendo y entrando de las discotecas, las chicas coqueteaban con ellos y la carretera estaba llena de coches con la música a tope. El alboroto de la ciudad siempre había molestado a la preciosa chica de pelo negro, ondulado y corto que caminaba ensimismada por la acera. Era Rex.

En su mano derecha llevaba un cigarro encendido al que le daba caladas de vez en cuando. En el bolsillo derecho de su apretado pantalón vaquero llevaba su móvil de última generación lleno de fotos de ella con sus amigas. En su hombro izquierdo llevaba colgando un brillante y negro bolso donde guardaba su peluca favorita y una máscara del estilo veneciana. De su cuello colgaba un precioso collar de plata con la silueta de un cisne que reposaba en su generoso escote. Llevaba una camiseta de manga corta muy ceñida y con lentejuelas que brillaban gracias a las luces de neón de las discotecas por las que Rex pasaba sin interés.

Su destino no eran esas discotecas, era otro sitio peor. Sus tacones de más de diez centímetros anunciaba su llegada y Rex, con un gesto de femme fatale, se paró y levantó su cabeza para darle la última calada a su cigarrillo que luego dejó caer al suelo. Cruzó el paso de peatones que la separaba del local donde trabaja y entró por la puerta trasera.

[...]

Rex corrió hacía el escenario. Tenía que pasar por delante de la cafetería para llegar hasta unas escaleras de madera vieja y maloliente. Las subió mientras sonreía forzosamente para el público que comenzaba a verla subir. Todos aplaudieron y Rex se plantó en la mitad del escenario observando a cada uno de los hombres que babeaban por ella. Eso le encantaba, se sentía viva, sexy, mujer...

La canción Mambo italiano comenzó a sonar y Rex se acercó al público para pedir que aplaudieran. Los hombres, hipnotizados ante los movimientos de cadera de Rex, obedecieron y aplaudieron hasta que las manos se le quedaron rojas. Rex se contoneaba frente a la barra de striptease. Muy pocas veces se había quitado todo hasta quedarse en ropa interior y pensó que hoy sería una buena ocasión para demostrarle a Pam hasta donde estaba dispuesta a llegar por conservar su trabajo y no dejarse pisotear por ninguna, y menos por Circe.

Comenzó por descalzarse para poder bailar mejor en la barra y subió hasta lo más alto ayudada de sus fuertes brazos. Una vez allí se abrazó a la barra con sus piernas y con cuidado separó ambas manos de la barra para dirigirlas a su espalda. Bajó la cremallera de su corsé y se lo quitó con cuidado, para darle tiempo a ponerse la mano izquierda en sus pechos y no dejar ver nada. Con la mano derecha dejó caer el corsé y con sus piernas comenzó a girar en la barra hasta darle la espalda al público. 

Todos estaban nerviosos porque sabían lo que iba a pasar. Rex se iba a quitar la mano izquierda de los pechos y se iba a dejar caer hacia atrás, agarrándose únicamente a la barra con las piernas. Y así lo hizo. Los hombres empezaron a aplaudir más fuerte y algunas mujeres se excitaron al ver aquellos pechos tan blancos y llenos de lunares.  

Pam sonrió desde su despacho, donde podía ver el escenario del local. Rex comenzó a bajar de la barra y cuando llegó abajo se acercó a los hombres. Sentía cómo la adrenalina recorría todo su cuerpo, nunca había estado tan alto en la barra ni nunca un hombre le había visto los pechos tan de cerca. Bueno sí, pero aquel hombre no contaba para ella, a pesar de haber sido su primer y único hombre.

La falda rosa de volantes sobraba y se la bajó con un simple movimiento. Cuando la tenía en los tobillos, le dio una patada y la lanzó al público. El afortunado en cogerla salió del local emocionado y Rex se rió a carcajadas al imaginar lo que haría ese hombre con esa falda.

Ahora Rex solo tenía un tanga blanco de encaje. Se dio la vuelta para mostrar sus nalgas igual de blancas y llenas de pequeños lugares que sus pechos. Marcó el ritmo de la canción con sus caderas dejando que sus nalgas se movieran hacia los lados y volvieran loco al más santo. Levantó la vista y vio el despacho de Pam, sabía que ella estaba detrás de ese espejo que hacía de pared. Era un espejo como el de las salas de interrogatorios. 

Rex le sonrió al espejo mientras movía sus manos a sus caderas donde capturó entre sus dedos a los pequeños hilos de su tanga. Los separó de su cuerpo y empezó a bajarlos poco a poco. Se dio la vuelta para mirar al público y sin complejos ni vergüenzas, se bajó el tanga.

Los piropos, los silbidos, los aplausos, las risas, los suspiros, los orgasmos de los hombres que tenían su mano dentro del pantalón. Todo eso junto hacía imposible escuchar la música de fondo. Se había montado un buen espectáculo y el escenario estaba lleno de billetes grandes.

Cuando la música terminó, Rex se despidió con una sonrisa y bajó, totalmente desnuda, las escaleras de madera antigua y maloliente.

[...]

Rex terminó de ajustarse el pantalón vaquero que no le terminaba de subir por culpa de la crema hidratante y se puso la camiseta de lentejuelas de nuevo. Circe la seguía mirando desde la puerta y Rex no le hacía caso, solo lo hacía para ponerla más nerviosa.


Ya terminé de vestirme  dijo Rex cogiendo su bolso¿También quieres acompañarme a ver a tu madre?
¿Por qué no? Le gustará lo que tengo que contarle.
¿Qué?
Que ya no eres Rex, alguien a descubierto tu verdadero nombre... ¡Renata!
¿Tú como sabes eso?
Ya te lo dije, alguien te descubrió. Por lo visto ese tatuaje que tienes al final de la espalda es de diseño único y hay un hombre preguntando por Renata en la entrada del local.
¿Bueno y qué?
Nada, solo dejo volar mi imaginación y te veo yéndote de aquí avergonzada para que nadie más te descubra y todo por quererle demostrar a mi madre que eres mejor que yo.
Lo soy.
Eso habrá que verlo  dijo Circe repitiendo las mismas palabras que había usado Rex con ella antes.

Cuando llegaron al despacho de Pam, Rex entró primero y después Circe. La conversación fue corta pero intensa, y Rex, como siempre, salió triunfante. Recogió lo que Circe le había robado y fue hasta el camerino de Thaïs para despedirse.

¿Qué te dijo Pam?
Nada, ella estaba contenta.
¿Y Circe?
Dice que un hombre me reconoció por el tatuaje que tengo en la espalda y que saben mi nombre real. Pero eso no es ningún problema, el único que conoce ese tatuaje es mi tatuador y podré negociar con él para que no cuente nada.
¿Negociar?
Sí, resulta que está en España sin papeles desde hace dos años.
Dios Rex, me encantas. Siempre sales de todos los problemas sin pestañear ni dejarte pisotear.
Es la única forma de sobrevivir aquí. Yo ya me voy. Nos vemos mañana.

Rex salió del local de nuevo por la puerta trasera y se encontró de golpe con aquel hombre de musculosos brazos y mirada sensual que dos años atrás la había hecho gritar de placer hasta quedarse media ronca.

Otra chica me dijo que podía encontrarte saliendo por aquí. 
¿A qué has venido?
A divertirme, como todos los hombres que vienen aquí.
Pero no todos conocen a las bailarinas.
Exacto, yo he tenido suerte de conocer a una y de que encima seas tú.
¿Qué quieres?
¿Tú qué crees?
Sexo...
Siempre has sido muy lista.

Presentación

¡Bienvenido/a a mi nuevo blog! El blog se llama "Sueños tecleados" porque cada una de las historias que encontrarás en él habrán salido de mi cabecita mientras dormía o estaba intentando dormir. Muchas de esas historias se me olvidan al despertarme, pero otras me las grabo tan tan bien en mi cabeza, que nada más abrir los ojos corro al ordenador y escribo un resumen de mi sueño que me sirve para desarrollar la historia. Por eso, son sueños, sueños tecleados.

Algunos me conoceréis ya de otros blogs, el más conocido, porque también es al que más le he hecho publicidad es: La sirena paciente, pero también tengo otros dos, uno personal: Una loca entre cuerdos y otro de historias también, pero historias... subidas de tono, llamado Sexy stories.

Así que si me sigues pronto comenzarás a leer todo lo que he escrito, y cosas que se me ocurran en el momento. Como por ejemplo, una historia que se me ocurrió anoche que podría comenzar a escribirla aquí.

Si te apetece leer esas historias picantes de las que hablaba antes, solo tienes que escribirme a: tahisbriel@gmail.com y yo te agrego encantada como lector/a.