De corazón - Extra: Edouard G.

1/12/12

Mi Béatrice, cada día me pregunto cómo hubiese sido mi vida a tu lado, me pregunto si ahora sería feliz contigo, si hubiésemos acabado casados y con niños. Quizá no, a lo mejor, simplemente, te habías enamorado de otro hombre, pero seguro que hubiésemos seguido siendo amigos.

¿En qué trabajaría yo ahora, de no haber querido ser policía para hacer justicia a tu muerte, y mi madre no me hubiese convencido de ser abogado? Puede que ahora fuese pizzero a tiempo completo, nada más que eso: un pizzero. Pero ahora estoy metido en un lío, ¿sabes? Y no eran como esos en los que me metía en el instituto, esto es grave. Hay gente que se alegraría de verme muerto, ¿entiendes eso?

Es difícil implicarse en algo así, pero lo es más no hacerlo. ¿Y cómo no? Si a mi lado tengo a June. La quiero, a ti también, pero no sé cuál es la diferencia. Puede que la diferencia sea que tú fuiste mi primer amor y que por eso me dueles tanto, aunque hayan pasado años desde tu muerte. No sabes lo duro que fue para mí despedirme de ti en tu entierro o el día que encontraron tu cuerpo. De no ser por mi madre, ahora estaría todavía encerrado en mi habitación con las luces apagadas y llorando tu pérdida. Solo era un crío que se enamoró de la chica de melena rubia y ojos grises de su clase, el que había tenido una infancia dura cuando su padre murió y el que perdió a su primer amor muy repentinamente. Si al menos me hubieras contado lo que ocurría en tu casa, mi madre podría haber hecho algo por ayudarte, algo como lo que intento hacer yo por Travis.

Oh, Béatrice, sabes que yo no creo en estas cosas, pero si de verdad puedes oírme, ayúdame a ser feliz. Ayúdame a encontrar a ese niño, a ser el mejor novio para June y a conseguir que toda esta pesadilla acabe. Por favor, te lo ruego. Eres mi única esperanza, porque cada día pierdo más las fuerzas y siento que lucho en una batalla que ya está perdida. 

De corazón - Capítulo XVI

30/11/12

Capítulo XVI


Esa mañana viajamos con un coche de alquiler para no dejar a Geraldine sin coche durante más de cuatro horas seguidas. Almorzamos en un restaurante de Angers y luego fuimos caminando hasta la casa de Arles y Romane. Encontramos la casa y quisimos tocar el timbre, pero Edouard me detuvo.

Nos fijamos en que las ventanas estaban cerradas completamente y que no había indicios de que estuvieran en casa. Antes de tocar, decidimos llamar por teléfono para ver si alguien respondía, pero desde fuera oímos sonar el teléfono y nadie lo cogió. Llamamos una segunda vez y comprobamos que no había ningún coche aparcado en la calle que se correspondiera con los de la familia Beaufort. Arles y Romane habían decidido irse de Angers, llevándose a Travis con ellos, quién sabe a donde.

—Podrían estar en París, en Lyon, en Cannes... incluso fuera de Francia. Tengo entendido que tienen una casa en España y otra en Italia. Sin contar con un apartamento en Londres.
—Odio-a-esa-familia —dije apretando los dientes.
—No ganas nada odiándoles, mejor vámonos a casa.
—¡No!, no he hecho un viaje tan largo para nada, nos quedaremos a esperarles por si vuelven.
—June... no van a volver, saben que sabemos que esta casa es de ellos y que tarde o temprano volveríamos.
—Pero... ¿y Travis? Le prometí que cuidaría de él y ahora no sé donde está. Le he perdido, Edouard, le he perdido para siempre —me eché a llorar desconsoladamente y él me abrazó para tranquilizarme. Pero no lo logró. En ese momento la puerta de la casa de al lado se abrió.
—¿Buscáis a alguien? —preguntó una señora de unos sesenta años con el pelo alborotado y carmín en los labios.
—La familia que vivía aquí antes —contesté— ¿sabe a dónde han ido?
—No, no sé nada de esos estirados... para mí mejor que se hayan ido —la señora volvió a meterse en su casa dando un portazo.
—Vámonos June, daremos un paseo y volveremos a casa, ¿vale?
—Está bien, vamos.

Durante el paseo pasamos por una plaza con varios árboles de gran tamaño. Me quedé sentada mirando un nido de pájaros en lo alto del árbol, pero Edouard prefirió levantarse y caminar, según me hizo creer, hacia una tienda para comprar agua.

Yo seguía mirando los pájaros, los envidiaba, envidiaba a todos los que veía sin preocupaciones, a los niños que jugaban con sus padres, a los adolescentes que se besaban en los columpios, a los ancianitos que paseaban por la acera cogidos de la mano... a todos. Yo solo quería salvar a ese pequeño de sus padres y a sus amigos sacarlos de ese reformatorio. ¿Era mucho pedir que se hiciera justicia con ellos? En ese momento llegó Edouard que me sorprendió abrazándome por detrás.

—¡Ya estoy aquí!
—¡Qué susto! —me giré para besarle— ¿Y el agua?
—No he ido a comprar agua. Ven, sígueme —me cogió de la mano y tiró de mí hacia la carretera.

Cruzamos y caminamos hasta el final de la calle. Todos mis intentos de preguntar a dónde íbamos eran silenciados, así que no pregunté nada más hasta que giramos a la izquierda, en el final de la calle, y vi un hotel.

Me imaginé que hay estaban Arles y Romane escondidos con Travis y me emocioné, pero a Edouard le cambió la cara.

—¿Qué pasa?
—No hay nadie escondido en ese hotel, o sí, quién sabe. Pero no Arles ni Romane ni Travis ni nadie, June. Olvídate por unas horas de todo eso, por favor.
—¿Si no están ahí para qué me has traído hasta aquí?
—¿No te lo imaginas? —me soltó de la mano bruscamente—. Yo tan solo quería pasar la tarde contigo, nunca hemos podido estar juntos sin pensar en Lucrecia, en Travis o en algo relacionado con eso. Y yo... yo solo quería un momento de paz —se dio media vuelta y siguió caminando sin mí, yo no reaccioné.
—Edouard... —no se giró ni se paró— lo siento. —Caminé hasta llegar a su lado y le cogí de la mano—. Mírame —lo hizo— siento mucho haber sido tan estúpida, estoy obsesionada con esto, lo sé, pero tienes que entenderme... no quiero que le pase nada malo a esos niños, menos a Travis, y por eso es más importante para mí cuidar de esos niños.
—Y te entiendo, June, y yo intento ayudarte y ponerlo todo de mi parte, pero no puedo más. Lo siento, esto es todo lo que doy de mí. No conozco ninguna otra forma de llevar esto adelante, quizá deberías buscarte a otro abogado más eficaz y... —le interrumpí.
—Más eficaces no creo que los haya y más involucrados en la causa, tampoco. Te quiero a ti como mi abogado y como... —me quedé callada de repente.
—¿Y como qué?
—Y... nada, olvídalo. Vamos a ese hotel.
—No —me cogió de la cintura, me apartó un mechón de pelo de los ojos y me miró fijamente—. Termina de decirlo, por favor... —me lo rogó de una manera que me heló la sangre y me dejó la piel de gallina, pero continué, por él.
—Te quiero como mi pareja, Edouard —y nos besamos, en mitad de la calle, con los viandantes esquivándonos y una ligera lluvia mojándonos la piel.

Finalmente caminamos hacia el hotel, yo tenía la cabeza apoyada en su hombro y él me rodeaba la cintura con su brazo. Llegamos a los pocos minutos, el recepcionista reconoció a Edouard y le dio una llave. No tuvimos que esperar, la habitación estaba lista para nosotros, esperándonos. Subimos en ascensor y no pude reprimir una pequeña risa producto de los nervios y la emoción.

Edouard era fantástico, lo que cualquier mujer espera encontrar después de ver una película romántica. Es el tipo de hombre con el que sueñas, es atento y considerado. Se involucra en cada uno de mis problemas, me ayuda incluso cuando no le he pedido que lo haga y sin esperar nada a cambio. Y sin olvidarnos de lo romántico que está resultando ser y de lo guapo y atractivo que es, aún más sin ropa.

Salimos del hotel a la mañana siguiente después de que Edouard me distrajera para pagar en recepción. Habíamos llamado a Geraldine para que no se preocupara al no vernos llegar y fuimos caminando hasta el coche.

Los rayos del sol dificultaban la visibilidad en la carretera y a Edouard le molestaba mucho más que a mí, así que conduje yo hasta Nantes. Cuando llegamos, dejamos el coche en el concesionario y nos paramos a desayunar antes de llamar a Geraldine para que fuera a buscarnos. No tardó más de quince minutos en llegar y nada más subirnos nos comenzó a incomodar con miles de preguntas. Afortunadamente se dio cuenta de que sus preguntas no iban a recibir respuesta y calló, a veces Geraldine suele ser así de indiscreta.

Con mucho sueño acumulado de la noche anterior y miles de preguntas acerca de dónde podría estar Travis, me dejé caer en la cama hasta el mediodía. Había decidido ir a comprar algo de comida, comer y salir a dar un paseo para relajarme un poco, algo que me distrajera. Pero no lo conseguí.

Después de un paseo por el mercado, rodeada de verduras frescas y frutas recién traídas del campo, y después de un buen guiso caliente, decidí hacer ejercicio. Muy pocas veces lo hago, pero me vestí con un chándal cómodo y con unos auriculares que me hicieran desconectar, y salí dispuesta a correr por todo Sautron.

No exagero si digo que me cansé antes de salir de mi calle, pero logré llegar bastante lejos. En casa, con la ayuda de un mapa, comprobé que había corrido cerca de cinco kilómetros. Pero lo cierto, que a pesar de haber sudado muchísimo y de haberme logrado sentir renovada, estaba con los ánimos por los suelos si pensaba en Travis. El truco estaba en no pensar en él, pero no podía dejar de hacer eso, sus ojitos azules estaban presentes a cada momento. Necesitaba por lo menos saber si estaba bien, y la duda me atormentaba.

Me propuse buscarme un hobby, algo que no fuese siempre trabajar o preocuparme por Travis. Algo que me sacara de la rutina de los últimos días. El deporte había dado sus frutos en algunos momentos, pero no me llamaba la atención, no me entusiasmaba.

Acabé el día con una ducha y una cena ligera, al menos que los cinco kilómetros valieran para algo. Me acosté a dormir dándole vueltas a eso del hobby y acabé conciliando el sueño con una buena idea: iba a aprender a tocar un instrumento. No sabía cuál ni dónde ni cuándo. Pero la música me gustaba muchísimo y siempre había tenido buen ritmo bailando, ¿por qué no tocando un instrumento?

Con esas energías me levanté por la mañana para ir a trabajar e informarme sobre los centros más cercanos para aprender a tocar un instrumento. Abrí las ventanas de mi despacho y comencé estudiando un nuevo caso de una niña con graves problemas sociales, de hecho, muchos profesores la consideraban autista. Pero no lo era, así que concerté una cita con sus padres y antes con la niña, para conocerla.

Mientras hablaba con la pequeña Andrea Fourcade, Arleth Oralia me llamó al teléfono de mi despacho. Quería saber si estaba ocupada o no porque el señor Redfield estaba esperándome. Se me aceleró el corazón y le dije a Arleth Oralia que le hiciera subir mientras yo me despedía de la niña, que más que autista solo era tímida.

—Cédric —dije abriéndole la puerta—, espero que me traiga buenas noticias.
—Bueno, más o menos —dijo sentándose— hay padres que no han querido involucrarse y otros que no se fiaban de mí. Pero he logrado reunir a más de cincuenta padres.
—¿Tantos? Yo me imaginaba que serían veinte o treinta.
—En realidad eran casi ochenta padres, pero como le digo, muchos rechazaron colaborar conmigo y otros no se fiaban de mí y me preguntaban que para qué quería yo sus datos. Espero que cuando vean que lo que tiene en mente da sus frutos, se unan a nosotros.
—Yo también lo espero —le tendí la mano para que me pasara la lista— ¿qué tal Christopher? Arleth Oralia no me ha vuelto a decir nada sobre él, imagino que es porque ya ha mejorado.
—Sí, ya ha aprobado dos exámenes la semana pasada y esta semana tiene otro para el que no para de estudiar.
—¿Y usted pasa más tiempo con él?
—Cada tarde le dedico unos minutos para hablar sobre nuestras cosas, ver la televisión juntos o preparar la cena los dos.
—¡Vaya! Me alegro que se hayan vuelto tan unidos, eso es algo muy bueno para los dos.
—No he vuelto a beber desde la última vez que hablamos, ¿sabe? Estoy dejando la bebida con ayuda de un amigo y de mi hijo. Hasta he ligado —su confesión me hizo reír.
—Disculpe, Cédric, no me río de usted es solo que me alegro de que le vaya tan bien. Tanto Christopher como usted se lo merecen.
—Gracias señorita —bajé la mirada a la lista.

Efectivamente era una lista muy larga y no tardé en fijarme que había algunos nombres tachados, le pregunté a Cédric.

—En la lista están apuntados los casi ochenta padres que le comenté, en realidad son setenta y ocho padres. Los que están tachados son los que no han querido colaborar.
—¿Cómo ha conseguido esta lista tan completa, Cédric? Si no es indiscreción...
—No, no se preocupe. Cuando fui a buscar a mi hijo al reformatorio para sacarlo de allí, conocí a una mujer que trabajaba cocinando. Hablé con ella unos minutos, yo esperaba a que me trajeran a Christopher y ella a que le pagaran su último sueldo.
—¿No siguió trabajando en el reformatorio?
—No, pero sus amistades dentro de él eran tan grandes que aceptaron rebuscar entre los archivos y hacer fotos con sus móviles para dárselas a esta mujer que conocí. Y ella me pasó las fotos de sus amigas.
—Vaya... qué valentía. Podrían haberlas descubierto y despedido. Pero no les importó.
—Porque quieren lo mismo que nosotros: justicia.
—Lo conseguiremos, ya somos muchos luchando, de forma anónima unos y otros... no tanto... pero al final somos muchos.

Seguí leyendo, los nombres Arles y Romane Beaufort estaban tachados. Pregunté con miedo de desvelar mi secreto de que conocía a Travis, pero Cédric no le prestó importancia a mi pregunta y me respondió como si nada.

—¿Cómo consiguió contactar con todas estas familias?
—En las fotos aparecía el número de teléfono y la dirección de las familias.
—¿Qué dirección aparecía para esta familia? —señalé los nombres de los padres de Travis.
—No lo recuerdo, pero tengo las fotos en mi casa. Si quiere puedo traérselas mañana.
—Claro, estaría bien saber de donde son estas familias que faltan... básicamente porque si deciden unirse a nuestra causa, podremos establecer un punto de encuentro cercano para vernos —mentí con la voz temblorosa.
—Muy bien visto, mañana le traigo las fotos, ¿le parece?
—Sí, perfecto. Gracias Cédric, ha hecho usted un trabajo magnífico. Usted, su amiga y las amigas de ésta.
—No es nada, ojalá se pudiera hacer más.
—Tiempo al tiempo, no nos desesperemos —me reí en mis adentros, pues la primera en desesperarse siempre soy yo—. Nos veremos mañana, buenos días.

Esa tarde quedé con Edouard, al que tenía muchas ganas de contarle lo que había pasado con Cédric. Mientras esperaba en la misma cafetería de la última vez, pude ver en las noticias que salía Lucrecia y la palabra 'juicio' en un rótulo grande y azul debajo de su cara.

Al momento llegó Edouard y se sentó en la mesa con una sonrisa, pero yo le miré fijamente, ¿cómo es posible que no me hubiera contado nada?

—¿Qué sabes de un juicio de Lucrecia?
—¿Cómo lo has sabido? —moví la barbilla señalando la televisión y él mismo lo vio— No hay fecha todavía, pero la presión social es tal que seguro será pronto. Estoy deseando ir a ese juicio.
—Yo también. ¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Lo supe anoche y como habíamos quedado hoy... esperé a verte.
—La próxima vez no esperes, llámame y dímelo. No me gusta enterarme por la televisión.
—Está bien, lo siento.
—No importa, tengo algo que contarte...
—¿El qué?
—Sé cómo conseguir la dirección de Travis.
—June... no te habrás metido en un lío, ¿verdad?
—No. Bueno... no directamente. ¿Te acuerdas de Cédric Redfield?
—Sí, el padre del niño que estuvo en el reformatorio y que ahora está en el colegio.
—Exacto. Cédric conoció hace un año a una mujer que trabajaba allí como cocinera y esta mujer tiene buenas amistades ahí dentro que sacaron fotos a varios archivos de Lucrecia Strauss. En esos archivos aparecen los números de teléfono y direcciones de todos los padres de los niños del reformatorio.
—¿Y él tiene esas fotos?
—Sí, me las dará mañana. Espero que ahí estén las otras direcciones de los Beaufort.
—Casas tienen muchas, lo que nos sirve son los números de teléfono. Llamaremos hasta que nos respondan. En la casa en la que nos respondan, será en la que ellos estén.
—Puede que nos responda el servicio.
—No creo que haya nadie en esa casa para mantenerla limpia si la familia no está allí, como mucho tendrán vigilancia, para que nadie entre a robar o cosas así.
—Tienes razón, estoy deseando llamar a esos números.
—Y yo. Espero que al que llamemos y nos respondan no sean de una casa fuera de Francia.
—No, creo que están cerca. Tú mismo lo dijiste: estaban en Angers porque necesitaban estar cerca de Nantes ante la posibilidad de un juicio. El juicio está próximo, ¿no? Hasta lo anuncian en la televisión, así que estarán por aquí.
—Eso espero, sino, nos quedaremos sin posibilidades de encontrar a Travis.
—¿Qué haremos cuándo le encontremos?
—Contraatacar.

De corazón - Capítulo XV

21/11/12

Capítulo XV


Geraldine llegó esa mañana a las ocho y diez. Con un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos y me levanté para irme. En su coche apenas hablamos, la notaba preocupada y algo triste, pero no sabía si tenía la suficiente confianza con ella como para preguntarle qué le rondaba por la cabeza. Si supiera si eso estaba o no relacionado con Edouard, me hubiese atrevido a preguntar, pero como no lo sabía, callé durante todo el viaje hasta su casa.

Tal y como me había dicho Edouard, Geraldine había ido a buscarme a mi casa para ir juntas al hospital, ya que yo no tengo coche, pero Geraldine tenía que regresar a por no sé qué papeles. Como íbamos a tardar un poco, me ofreció un café y yo no lo rechacé.

La casa de Geraldine era bastante amplia, con el suelo de madera oscura, las paredes pintadas de blanco y los muebles en negro. Entre todas las paredes blancas e impolutas pude distinguir una con un marco gigante integrando varias fotografías. En muchas de ellas estaba Geraldine con Edouard y otro hombre que no conocía, supuse que era Noel, el padre de Edouard, y seguí observando las fotos. Había muchísimas, pero una de ellas me llamó la atención por encima de las demás. Era una fotografía de una playa en la que estaban Edouard y otra chica montando un castillo de arena. Los observé y deduje que Edouard tendría unos quince o dieciséis años en esa fotografía, igual que la chica.

—Es Béatrice Cooper, la mejor amiga de Edouard en el instituto.
—¿Eran novios? —pregunté tragando saliva.
—Eso creo, pero eran muy niños y muy vergonzosos para decírmelo. Era una niña encantadora.
—¿Qué pasó?
—Murió —me quedé de piedra, abrí los ojos como platos y me giré para ver a Geraldine— esa pobre niña tenía un padre que la maltrataba y su madre estaba muerta, así que... un día su padre no midió la fuerza con la que la golpeó y la dejó inconsciente... —Geraldine se limpió unas lágrimas que le habían estropeado el maquillaje y me miró antes de seguir— Béatrice seguía viva, pero su padre pensó que la había matado y la enterró en el jardín de su propia casa.
—¿Qué pasó luego?, ¿la policía lo detuvo?
—Nunca se supo nada de él. Mi hijo quiso hacerse policía para repartir justicia, pero lo convencí para que no lo hiciera porque es una profesión muy peligrosa.
—Así que se hizo abogado...
—Exacto —Geraldine respiró hondo—. Esta historia es muy triste y a Edouard le sigue persiguiendo aunque hayan pasado casi diez años, procura no recordárselo y si algún día se entera de que lo sabes, no le digas que te lo dije yo.
—Descuide, Geraldine. No diré nada.
—Gracias, el café está listo.

Fuimos al comedor y nos sentamos a tomar el café recién hecho con unas magdalenas. Luego Geraldine recogió los papeles que había ido a buscar y fuimos al hospital.

Allí se paró a entregar los papeles que había ido a buscar a su casa, yo seguí sin saber qué eran, pero no pregunté. La enfermera que le atendió los revisó, asintió con la cabeza y los dejó sobre la mesa. Luego fuimos a ver a Edouard que estaba bastante mejor, pero los médicos estaban preocupados por las secuelas que pudiera tener su memoria tras el accidente.

Para eso eran los papeles, Edouard podía irse a casa pero debía hacerse más pruebas. Así que mientras Geraldine recogía la ropa de su hijo y la metía en una pequeña maleta, Edouard y yo salimos de la habitación y dimos un paseo por el pasillo.

—¿Qué era lo que no me podías contar anoche? —pregunté abordando de nuevo el tema para ver su reacción.
—Verás, June... es algo delicado.
—Cuéntamelo, podré soportarlo —ni yo misma estaba segura de eso, pero sentía curiosidad.
—Verás, cuando hablaba con Travis aquel día en tu habitación, él me contó lo mal que lo pasaba con sus padres cuando éstos le pegaban y... me recordó a alguien que conocí hace años que sufría la misma pesadilla que él —¡Béatrice!, recordé todo lo que me contó Geraldine en su casa y se me puso la piel de gallina.
—¿Cómo se llamaba?
—Béatrice, Béatrice Cooper —Edouard me lo confirmó y le miré a los ojos con tristeza recordando el trágico final de esa chica— June, ella murió después de que su padre le diera una paliza y... no quiero que le pase lo mismo a Travis. De eso hablamos, le conté la historia de Béatrice.
—¿Y él que te dijo?
—Se quedó callado, creo que no le sorprendió saber que mi amiga había muerto. Parecía acostumbrado a escuchar esas historias y me pregunté algo a lo que llevo dándole vueltas en la cabeza desde entonces.
—¿Qué cosa?
—Que si a Lucrecia también se le habrá ido alguna vez la mano con un niño...
—Eso explicaría que a Travis no le sorprendiera escuchar que tu amiga Béatrice murió.
—Debemos preguntarle directamente.
—No podemos acercarnos a él.
—Sí podemos, lo dijiste antes del accidente, no hay orden de alejamiento hasta que un juez no dicte la sentencia y no hay motivos para no hacerle una visita, ¿no?
—Edouard... es peligroso, hay algo que debes saber antes de nada.
—¿Qué?
—El accidente no fue un accidente. Arles y Romane le pagaron a su chófer para que nos embistiera y nos sacara de la carretera.
—¿C-cómo sabes eso?
—Porque el mismo chófer me lo contó la tarde que despertaste del coma.
—¿Y no lo denunciaste?
—Está arrepentido de todo, incluso me trajo a Travis para que le viera y estaba preocupado por ti cuando se enteró que estabas en coma.
—June... —me abrazó— todo esto es muy peligroso, debemos tener más cuidado a partir de ahora y contraatacar.
—¿Cómo vamos a hacer eso?, tú y yo no somos asesinos ni nada que se le parezca, ¿qué piensas hacer?
—No he hablado de matar a nadie, solo de contraatacar. Y no sé cómo, pero algo haremos, ¿vale? Y recuperaremos a Travis, meteremos a Lucrecia Strauss en la cárcel de por vida y a su amiga Catherine Johnson también.
—¿Cómo sabes su apellido?
—La investigué la noche antes del accidente —me acarició el pelo todavía sin soltarme del abrazo.
—Y también al comisario Molineaux, es un idiota.
—Idiota es lo menos que se merece... pero tienes razón, también merece pagar por omisión de pruebas y dar un trato preferente a Lucrecia frente a ti. Ante la ley se supone que todos somos iguales, ese comisario no lo tuvo en cuenta y pagará por todo.
—Ojalá... —suspiré— porque todo eso parece un sueño.
—Lo lograremos cumplir, tú confía en mí.
—Ya lo hago, Licenciado Monnet —reímos.

De corazón - Capítulo XIV

16/11/12

Capítulo XIV


Esa noche apenas pude dormir recordando la visita de Travis con Bryan Swinton o la charla con Cédric Redfield. Estaba entusiasmada con todo a mi alrededor, incluyendo, claro, mi relación con Edouard. Pero también había descubierto hasta donde son capaces de llegar los padres de Travis y estaba asustada, si hacían eso conmigo, ¿qué no harían con Cédric si descubren que me ayuda?

El problema no es que hagan daño al pobre de Cédric, sino lo que afectaría eso a Christopher, que estaba siempre tan triste y ensimismado que parecía ausente a todas horas.

Cuando desperté no tenía nada que hacer, era fin de semana y no tenía trabajo, así que fui a visitar a mis padres a Rennes en metro. Se tardaba un poco más que en coche, a pesar de que el metro es más rápido, pero el metro se desviaba bastante. Así que en vez de casi dos horas, tardé tres. Comí una hamburguesa y un refresco en un puesto cercano al metro y compré dos periódicos y una revista de actualidad, para ponerme al día sobre lo que se decía de mí en televisión, Internet y todos los medios de comunicación... de todo el mundo.

El viaje en metro fue complicado porque no recordaba las paradas ni sabía a dónde ir. Miraba los mapas, me situaba, caminaba, me perdía de nuevo y corría luego para no perder el metro. Cuando me senté en el asiento del último tren que debía coger para llegar a mi casa, me pude acomodar lo suficiente como para sacar la revista que me faltaba por leer.

Lucrecia Strauss, ¿una víctima? Así mismo se declaraba ella a la salida de su reformatorio cuando nuestras cámaras la grabaron, presuntamente, llorando por la injusticia que se está cometiendo en su contra.

No podemos saber si esas lágrimas eran ciertas o no, pero lo que sí sabemos es que las imágenes cedidas anónimamente hablan por sí solas. Juzguen ustedes mismos.”

A continuación pusieron unas imágenes del vídeo de Lucrecia Strauss maltratando a Rob y volví a retirar la vista de aquellas imágenes como lo hice la primera vez cuando vi el vídeo. Eran unas imágenes muy duras donde Rob aparecía con el rostro lleno de sangre que brotaba de la nariz y que le salpicaba la camiseta del pijama.

Tanto los periódicos como esta revista ponían a Lucrecia Strauss como la presunta culpable de todo y luego unas imágenes con la cara de Rob pixelada para que fuesen los lectores quiénes juzgaran. Y según varias críticas que había leído por Internet, todos estaban en contra de sus métodos, aunque siempre había alguno al que le parecían bien porque los niños necesitan “disciplina”, pero yo prefería no leer esos comentarios para que no me hirviera, más aún, la sangre.

Llegué al centro de Rennes, guardé todo en mi bolso y salí a la calle. Respiré el aire frío de la lluvia, los olores a tierra mojada, césped recién cortado y pan recién hecho me trasladaron a mi niñez, cuando mi padre me llevaba en pleno invierno a comprar a la panadería de una prima lejana suya y ella siempre me regalaba dulces de mermelada de fresa. Seguí caminando y cogí un taxi para llegar a casa.

No eran más de las doce del mediodía cuando llegué y me encontré a mi madre recogiendo la ropa de la azotea. Al lado de mi casa hay varios solares vacíos, así que desde el final de la calle, donde yo estaba, se veía toda la fachada lateral de mi casa. Silbé, ella se asomó y saludé con la mano. En seguida la perdí de vista y terminé de pagarle al taxista.

Corrí calle arriba hasta la puerta de mi casa donde mi madre ya había quitado el candado.

—¡François!, ¡es la niña!, ¡levanta! —pude oír antes de que se abriera la puerta.
—¡Hola mamá! —mi madre estaba con su pelo gris recogido en una coleta y llevaba sus gafas de vista colgadas del cuello.
—¡June, cariño! —me abrazó—. Pasa, pasa, ¿cómo estás?
—Bien, tranquila. Los médicos me dijeron que estoy fuera de peligro.
—Gracias a Dios, y tu amigo, ¿cómo está?
—A Edouard lo tuvieron anoche en observación, pero está mejorando.
—Me alegro, ese chico me caía muy bien —mi madre cogió aire antes de volver a gritar—. ¡Françooois! —se oyó un 'ya voy' y mi madre volvió a mirarme para seguir hablando—. Siento mucho no haber ido a verte cuando te dieron el alta, pero no teníamos mucho más dinero para pagar un taxi de aquí a Nantes y... nosotros ya estamos muy viejos para conducir, cariño.
—Lo sé, mamá, tranquila. He estado bien y... bueno, tampoco he estado sola todo el tiempo.
—¿Qué quieres decir?
—Travis fue a casa a visitarme, mamá —sonreímos las dos—. Lo llevó el chófer de sus padres poco antes de que Edouard despertara del coma y luego se marchó.
—¿Sigues teniendo intenciones de hacerte con su custodia?
—Sí, sí las tengo. Travis dice que no quiere a sus padres y que quiere estar conmigo, así que haré todo lo posible... —en ese momento llegó mi padre.
—Hola... —mi padre estaba desmejorado, tenía mal aspecto y el pelo revuelto como de estar recién levantado.
—Hola, ¿estás bien?
—Sí, solo es una gripe —tosió y se sentó en su sofá—.
—Lleva diciendo eso desde hace una semana —me dijo mi madre refiriéndose a mi padre.

Mi relación con mi padre nunca fue muy buena desde que decidí estudiar Pedagogía, que era lo que a mí me gustaba, y buscar trabajo en colegios lejos de Rennes. Él sentía que lo había abandonado y eso le dolía, pero no era capaz de ver que yo no le había abandonado, solo estaba haciendo mi vida como hace muchos años hizo él la suya casándose con mi madre y viniéndose a vivir a esta casa.

—¿Tienes hambre? —me preguntó mi madre.
—Desayuné una hamburguesa y todavía es temprano, prefiero agua o un refresco.
—Vale, ahora vengo —mi madre se fue a la cocina y yo me quedé a solas con mi padre en el salón.

El silencio era incómodo. Era ridículo y patético que padre e hija no tuvieran nada de lo que hablar el uno con el otro por un estúpido enfado que ocurrió cuando tenía dieciocho años. Cuando, por fin, llegó mi madre, me tomé mi refresco lentamente para tener la excusa de no hablar.

Aparte de Travis, Edouard o Lucrecia... mis padres y yo no teníamos nada más de lo que hablar. Quizá del trabajo, pero mi padre se molestaría y se levantaría del sofá. Pero yo no había hecho un viaje de tres horas para veinte minutos, así que me dirigí a mi madre.

—¿Quieres que te ayude a cocinar, mamá?
—Sí, vamos.

Nos levantamos y fuimos juntas a la cocina dejando a mi padre solo viendo la televisión.

—¿Cuándo dejará papá de estar molesto conmigo por no haber estudiado Farmacia?
—No lo sé, cariño. Era el sueño de tu padre, ya lo sabes, tu abuelo abrió esa farmacia con los pocos francos que tenía en los bolsillos. Empezó siendo una botica y se convirtió en una de las farmacias más conocidas y prestigiosas de la capital. Y cuando se vio viejo para seguir en ella, quiso cedértela a ti y tú, preferiste estudiar lo que a ti te gustaba y... lo desilusionaste.
—¿Entonces dices que debí quedarme a su lado a pesar de que no me gusta trabajar ahí?
—No sé que hubiera hecho yo en tu lugar, June... pero la tristeza que tu padre siente no es porque hayas preferido ser pedagoga a farmacéutica, sino porque toda su infancia está reunida en ese lugar que ahora permanece cerrado desde hace años. Siente que con él morirá todo el trabajo de su padre, tu abuelo.
—¿Y yo qué puedo hacer?
—Nada, desgraciadamente, nada.

Seguimos cocinando mientras iba pensando en esa idea. Desde los dieciocho años pensaba que mi padre estaba enfadado conmigo porque no le gustaba mi trabajo, pero era porque no quería que se perdiese la memoria de aquél lugar, de su padre, de sí mismo cuando era un niño y luego un joven licenciado en farmacia.

De hecho, son tantos los recuerdos que mi padre guarda de ese lugar, que uno de ellos fue conocer a mi madre. Según me contó él cuando yo era una niña y me llevaba de paseo, era de noche y estaban a punto de cerrar, pero una chica de pelo castaño y ojos oscuros, se presentó delante de la puerta llorando. A la chica le faltaba el aire porque venía corriendo desde muy lejos y mi padre no tuvo más remedio que atenderla. Necesitaba algo para el asma de su hermana que estaba sufriendo un ataque en su casa, mi padre cogió rápidamente unos medicamentos del almacén y corrieron juntos hasta llegar a esa casa. Entonces mi padre le salvó la vida a mi madre.

Esa chica de pelo castaño y ojos oscuros era mi tía Thérèse, que murió cuando yo tenía diez años. Era muy mayor, estaba enferma del hígado y no pudo resistir la enfermedad, pero logró enamorar a mis padres que, a día de hoy, siguen preocupándose el uno por el otro y queriéndose como si fuera el primer día.

Al final pasé una tarde agradable con mis padres y me marché después de ver una película y tomarnos un café.

Hice el mismo recorrido pero en sentido inverso y llegué cerca de las ocho de la tarde a mi casa. Había anochecido y las nubes eran tan negras que llovió durante toda la noche hasta bien entrada la madrugada, así que preferí no salir a pasear como me gustaba hacer antes de encontrar trabajo o, mejor dicho, antes de encontrarme con Travis por primera vez.

Me quedé en la cama abrigada con varias mantas y descolgué el teléfono para llamar a Edouard, al que había avisado de que iba a casa de mis padres para que no se preocupara ni viniera a verme.

—Hola —contestó sonriendo, no lo vi, pero se lo noté en la voz— ¿qué tal lo pasaste hoy?
—Bien, ayudé a mi madre a preparar la comida y luego almorzamos todos juntos.
—Ojalá yo hubiera podido comer uno de esos platos tan ricos que cocina tu madre... aquí me tienen a base de verduras guisadas.
—Esa es la comida típica de hospital —nos reímos—. Prometo que mañana me paso a llevarte algo de comida y dulces.
—No hace falta que te molestes, mi madre me dijo lo mismo y seguro que esta noche se acuesta tarde cocinando.
—Para mí no hubiese sido una molestia, pero si tu madre ya está cocinando... ¿cuándo te dan el alta?
—No lo sé, creo que pronto, pero no me han dicho nada.
—Bueno, quizá todavía estoy a tiempo de prepararte yo algo de comer, ¿te gustaría?
—Claro, estaría bien. Mañana el horario de visitas es solo por la mañana, ¿vendrás?
—Tranquilo, iré... —suspiré—. Oye, Edouard... ahora que vengo de ver a mis padres, me he acordado de una conversación que tuve con mi madre acerca de ti.
—¿De mí?
—Sí, fue hace unos días, cuando fuiste a recoger a Travis a casa de mis padres para entregárselo a Arles y Romane.
—Sí, sí, me acuerdo.
—Mi madre me contó que estuviste en mi antigua habitación hablando con Travis y que cuando salieron, ambos estaban algo raros.
—¿Eso te dijo? —su tono era de sorpresa.
—¿Exageró o mintió en algo?
—No, no, lo cierto que es sí hablamos en tu habitación y cuando salimos, estábamos un poco tensos.
—¿Qué pasó?, ¿Travis te contó algo sobre sus padres o sobre Lucrecia que yo no sé?
—No, no es eso, tranquila.
—¿Entonces?
—Es algo más complicado que no puedo explicarte por teléfono, lo siento. Veo que llega la enfermera con los medicamentos y la cena. Le diré a mi madre que pase mañana temprano a buscarte para que te traiga al hospital y ya hablaremos aquí, ¿vale?
—Está bien hasta mañana.

Recuerdo que esa noche dormí pensando en qué sería eso tan complicado que tenía que contarme y que no podía hacer por teléfono. Le di vueltas a todo y me imaginé cosas extrañas, finalmente pudo más el sueño que la curiosidad.

De corazón - Capítulo XIII

27/10/12

Capítulo XIII

Con Edouard despierto y después de haber visto a Travis en mi casa, no tenía motivos para no ir esa mañana al trabajo.

El trabajo de una pedagoga era más agotador y tedioso que el de una profesora. Pero era lo que me gustaba y lo que había elegido ser, así que aguantaba cada hora sentada, esperando a que Arleth Oralia me enviara a un niño, con paciencia.

El niño de hoy era uno de esos niños de los que Arleth Oralia me habló una vez cuando le conté lo que había hecho por Travis. Me dijo que algunos niños del reformatorio habían estudiado en el colegio y que dudaba de los métodos de enseñanza de Lucrecia Strauss desde hacía tiempo, pues bien, yo tenía delante a uno de esos niños.

Se llama Christopher Redfield, tenía ocho años y era huérfano de madre desde los siete. Eso le había causado el bajo rendimiento escolar, eso y haber sido criado en el reformatorio de Lucrecia Strauss desde los tres años hasta los siete, cuando murió su madre. Al morir ella, llamada Annie, su padre decidió sacarlo del reformatorio para pasar más tiempo con él y sentirse menos solo.

Tener a ese niño delante de mí me abría muchas posibilidades a la hora de denunciar a Lucrecia y llegué a pensar que Arleth Oralia lo había hecho a propósito para que aprovechara la oportunidad y me informara de más cosas de ese lugar. Pero no quería involucrar a nadie más, bastante había hecho involucrando a Rob para nada. Para nada no, ahora la gente sabía cómo era Lucrecia Strauss, pero ella seguía libre y yo ya había pasado por la cárcel y por el hospital.

No quería que ese niño tuviera que declarar ante un juez, que sería lo más efectivo para mi propósito, pero es que tampoco quería que recordase nada de ese sitio... así que me centré en los problemas que tenía con sus compañeros de clase, en los problemas que tenía a la hora de estudiar y en los problemas que tenía en casa con su padre alcohólico desde la muerte de su esposa.

Cédric Redfield era un hombre apuesto, con gafas de vista y unas pocas canas en las partes laterales de la cabeza. Iba afeitado y perfumado, pero se notaba en sus ojos que estaba cansado, probablemente llevara muchas más horas despierto de las que debiera para cuidar bien de su hijo, trabajar y conducir.

Le había hecho llamar esa tarde para conocer mejor el caso de Christopher y para que fuese él quién me contara si estaba enterado de los malos tratos que su hijo pudo recibir en aquel lugar años atrás.

—Claro que estoy informado. Cuando fui a buscar a mi hijo al reformatorio unos días después de la muerte de mi Annie pude verlo todo con mis propios ojos.
—¿Y no hizo nada para impedir que eso siguiera sucediendo?
—¡Claro que sí! Denuncié como lo hizo usted, pero la diferencia es que usted no tiene nada que perder, yo podía perder a mi hijo —Cédric desconocía que yo también corría el riesgo de perder a Travis cuando denuncié, pero aún así seguí adelante—. Yo no soy tan valiente como usted, señorita.
—No es una cuestión de valentía, señor Redfield, es una cuestión de humanidad. Esos niños sufren cada día los malos tratos de esa mujer.
—Lo sé, pero en ese entonces yo estaba tan hundido por la muerte de mi mujer que olvidé el tema, lo olvidé completamente y ahora no puedo hacer nada.
—¿Cómo que no? Su testimonio sigue siendo igual de válido aunque haya pasado un año.
—¿Quién va a creer a un borracho?, ¿lo haría usted si no conociera de nada a Lucrecia Strauss ni estuviera involucrada en eso?, ¿o si no conociera a Christopher?
—Bueno... yo... —lo cierto es que no, pero no me atrevía a decirlo.
—Estoy seguro de que no, pero no se preocupe señorita, nadie lo hace. Bueno, ¿y qué quería hablar conmigo, exactamente?
—Le he hecho llamar por los problemas que tiene Christopher en clase: no se lleva bien ni con las profesoras ni con sus compañeros, no hace la tarea ni estudia, ni siquiera se relaciona con nadie y solo tiene ocho años...
—La muerte de su madre le ha afectado mucho... es eso.
—No creo que sea solo la muerte de su madre, señor Redfield, creo que también tiene que ver que usted beba.
—¿Insinúa que yo tengo la culpa? —más que molesto lo noté afligido.
—No toda, pero sí una parte. Verá, a los niños hay que estimularlos para que estudien porque sino ellos solos se aburren y si a eso le sumamos no tener una figura materna que les dé cariño ni a una figura paterna que imitar... se sienten algo perdidos, ¿lo comprende?
—Sí... es triste pensar que todas las veces que le he dicho a mi hijo que cambie y estudie, me estaba equivocando, el que tiene que cambiar soy yo, es eso ¿no?
—Exacto. Haga lo que tenga que hacer para dejar la bebida y pase más tiempo con Christopher, él se lo agradecerá y mejorará su relación con él y sus notas en el colegio.
—Gracias, no sé cómo agradecerle que me haya hablado con tanta sinceridad y me haya abierto los ojos de esta manera...
—Sí sabe cómo... no quiero involucrar a Christopher en todo esto de la denuncia a Lucrecia Strauss porque es muy pequeño y ya ha pasado por suficientes problemas, pero usted podría hacerlo.
—¿Qué tendría que hacer exactamente?
—Podría empezar por reunir una lista con los nombres y teléfonos de todos los padres que han sacado a sus hijos del reformatorio tras haber visto los vídeos en televisión.
—¿Cómo voy a conseguir eso?
—No lo sé, pero lo necesitamos.
—¿Y los otros padres no?
—Si esos padres han visto las imágenes y no han sacado a sus hijos del reformatorio, no nos van a ayudar. Los otros sí.
—Ya entiendo, y ya tengo una idea para comenzar con la lista.
—Muy bien, cuando tenga una lista considerablemente grande pásese de nuevo por aquí, casi siempre estoy.
—De acuerdo, hasta pronto entonces.
—Hasta pronto.

Cédric parecía dispuesto a ayudarme y yo me sentí de nuevo con las energías renovadas para seguir luchando, no solo por Travis, sino por Rob, Laura y los otros niños del reformatorio.

Volví a casa a las siete de la tarde con mucha hambre y cansancio. Me cambié las vendas de los brazos después de limpiarme las heridas que ya iban sanando y fui a la cocina. No había nada de comida y salí a comprar algo al supermercado que hay a unas cuantas calles de mi casa.

Más que un supermercado, era un mercado. Vendían de todo, pero era bastante pequeño. Compré unas verduras, frutas y cereales para preparar el almuerzo de mañana y la cena de hoy. También compré refrescos sin gas, agua y leche, y me di el capricho de comprar unos dulces de arándanos y todo tipo de frutas del bosque.

Con las bolsas de compra en las manos noté el móvil vibrar en el bolsillo del pantalón y luego la melodía de una canción de mi cantante favorita. Solté las bolsas de una mano en la acera y respondí, era Edouard.

—Estoy en la calle, cojo un taxi y en unos minutos llego a casa.
—No hace falta, paso a buscarte, ¿dónde estás?
—¿Qué?
—No tengo permitido conducir todavía porque estoy medicado, pero mi madre se ha ofrecido a hacer de chófer cuando supo que quería verte.
—Vaya... pues estoy saliendo del mercado que hay a unas calles de la gasolinera que está por debajo de mi casa, ¿nos vemos ahí?
—¡Hecho! Mamá, cruza por aquí, a la derecha —le dijo a su madre mientras colgaba el teléfono.

Yo volví a meter el mío en el bolsillo del pantalón y seguí hacia la gasolinera donde no tuve que esperar a que Edouard llegara porque ya estaba allí con la cabeza completamente vendada y una sonrisa.

—Te ayudo con las bolsas, ponlas aquí —me dijo abriendo el maletero del coche de su madre, el de él estaba destrozado después del accidente.
—Gracias, ¿cómo es que te han dado el alta tan pronto?
—No tengo el alta médica, pero me han permitido salir unas horas del hospital y tengo que volver por la noche para estar en observación. Aunque afortunadamente no tengo daños cerebrales.
—Bueno... no los tienes del accidente, pero de antes seguro que sí —dijo Geraldine asomando la cabeza por la ventanilla desde el asiento del conductor—. Subid ya, que empieza a llover.

Nos reímos y obedecimos. Lo cierto era que caía una lluvia suave que apenas mojaba, pero que era incómoda para estar bajo ella mucho rato. En el coche me senté en un asiento trasero y Edouard, que antes se había sentado en el asiento del copiloto al lado de su madre, ahora estaba a mi lado. Me cogió disimuladamente de la mano y entrelazamos nuestros dedos al instante. Ninguno de los dos miraba al otro por vergüenza, no de lo que sentíamos, sino de estar delante de Geraldine.

Entonces llegamos a mi casa, nos soltamos de la mano y nos bajamos para sacar las bolsas del maletero. Cuando entramos dejamos todo sobre la mesa y nos sentamos en el sofá, tenía que hablar con Edouard sobre lo que había ocurrido en el colegio con Christopher y su padre.

—¿Queréis café? —pregunté levantándome.
—Sí, por favor —dijo Geraldine frotándose las manos para entrar en calor.
—Yo no debo tomar café con tantos medicamentos, mejor dame un vaso de agua.
—Tengo refrescos, ¿quieres?
—Perfecto.

Entré en la cocina y mientras hacía el café pensaba en cómo le diría todo eso a Edouard, sentía que quizá se pudiera enfadar conmigo por haber estado planeando nuevas cosas sin él. Quizá se sintiera traicionado o pensara que estaba mal lo que había hecho... no sabía porqué, pero ahora las opiniones que pudiera tener Edouard sobre mí me afectaban más de lo que me podrían haber afectado antes de ese beso.

¿Qué me estaba pasando?, ¿me estaba enamorando de Edouard?, ¿y qué se supone que debo hacer si lo estoy? De pronto el café comenzó a derramarse de la cafetera.

Eso me sacó de mis pensamientos y retiré la cafetera y eché todo el café en las tazas. Removí el azúcar con una cucharilla y eché refresco en un vaso con hielo para Edouard, luego me di la vuelta y caminé hasta el salón donde tuve que superar mis miedos y afrontar el tema sin rodeos.

—Edouard... tengo que contarte una cosa.
—¿De qué se trata?
—Esta tarde he conocido a un hombre, se llama Cédric Redfield y es el padre de Christopher Redfield.
—No me suenan sus nombres —contesto él mientras acercaba el vaso a su boca para darle un sorbo al refresco.
—Christopher Redfield pasó desde los tres hasta los siete años en el reformatorio de Lucrecia Strauss —le cambió la cara.
—¿Cómo los has conocido?
—Christopher estudia en el colegio y Arleth Oralia me encargó que hablara con él para ayudarlo en sus clases.
—¿Y qué te contó? —se le notaba interesado.
—Lo que ya sabemos de esa mujer, que pega a los niños.
—¿Pero ha accedido a ayudarte?, ¿o su padre se lo ha prohibido?
—No, no. Nada de eso. Cédric es un hombre muy comprensivo y después de hablar con él aceptó a ayudarme reuniendo los nombres y apellidos de los padres que han retirado a sus hijos del reformatorio tras la denuncia y los vídeos.
—Eso está bien, ¿no? —me tranquilicé.
—¿Te parece bien?
—¡Claro! Esos padres y ese niño nos pueden ayudar mucho con lo que queremos hacer.
—No. A Christopher lo queremos mantener al margen de esto, bastantes niños están involucrados ya, el pobre Christopher solo necesita olvidar.
—Parece que te gustan mucho los niños —dijo Geraldine.
—Me gusta ayudarles para que tengan la mejor infancia posible —contesté rápidamente—. Por eso me hice pedagoga y por eso me he involucrado tantísimo en esto. Además, no es solo querer que unos niños tengan una infancia inmejorable, es querer que Lucrecia Strauss pague por ello con la cárcel. Esas dos cosas juntas hacen que pueda seguir adelante después de todo...
—¿Qué todo?
—Bueno, sin ir más lejos acabo de salir del hospital y hace poco de la cárcel...
—Sí, mi hijo me había contado algo de eso. Se nota que eres de buen corazón, niña. Ojalá logres tu objetivo.
—Lo logrará —respondió Edouard sonriéndome—. Lo lograremos —y yo le sonreí.

Continuación de 'El invierno de sus ojos'

26/10/12

Ninguno de los dos había querido llegar a ese punto de autodestrucción, pero lo necesitaban. Ella para sentirse de nuevo amada por él y él para encontrar un refugio caliente en el que ahogar sus penas y desprenderse del frío de su corazón.

Una mañana, una ligera lluvia otoñal, las primeras miradas ansiosas después de días sin verse, una caricia y un beso. El primer beso después de mucho tiempo. El beso que demostraba que, si por lo menos no seguía habiendo amor, seguía habiendo deseo. Y eso, a su pobre corazón roto, le bastaba para sentirse alegre por unas horas.

Es difícil de explicar cómo dos personas que se amaron tanto, pueden hacerse ahora tanto daño. Cada vez que lo piensa llora de la tristeza, ella siempre ha sido débil. Las personas débiles dependen más fácilmente de otras más fuertes. Y él es más fuerte que ella porque el frío que corría por sus venas no le permitía sentir lo mismo que siente ella, ese amor tan puro y que cala tan hondo en el corazón que duele sacarlo.

Como si se tratara de un cuchillo con dientes a los lados muy afilados hacia el interior del mismo y que al intentarlo sacar del corazón, desgarrara toda la carne de éste, pues así era el amor que sentía ella por él. Y dolía tanto y la desgarraba tanto, que prefería dejarlo donde estaba y seguir dependiendo del amor de su vida.

La mañana en la que encontró a Rompedor era muy parecida a ésta, recordó entonces cómo se había encontrado en una calle a su amor con otra. Eso la dejó sin aliento y tan fría como lo estaba él por dentro. Pero esta era otra mañana, una en la que no importaba ser el segundo plato, solo volver a sentirse amada, amada por él.

Entonces, después del beso cálido y húmedo que ninguno quiso interrumpir, llegó el momento de deshacerse de las ropas. Y completamente desnudos se amaron casi con brusquedad, con desesperación y con miedo. Entre la oscuridad de la habitación y las sábanas azules se escapó alguna que otra lágrima de ella. Lloraba no se sabe si de felicidad por creer que después de eso él la amaría o porque se había topado contra un muro. El muro de saber que jamás volvería a pasear de la mano con él.

Ese muro era de hielo puro, frío de nuevo y angustia. La pobre se compadecía de sí misma mientras se acariciaba los pechos que él le había besado y recogió sus ropas mirando la casa que dejaba atrás con un toque de nostalgia. Sintió el impulso de echarse a llorar desconsoladamente, pero el miedo de hacerle sentir culpable a él, la hizo contenerse.

Esa mañana la recordaría con cariño, pero con amargura. Digamos que con un sabor agridulce. Y así, entre pequeñas lágrimas que todavía le asaltan al recordar esa mañana, vive esa pobre mujer que acaricia a su gato pensando que algún día llegará el calor... y con eso un nuevo amor. Un amor que sepa valorarla, amarla, respetarla y que quiera comprometerse con ella hasta el fin de sus días.


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Este texto es mi continuación del relato original escrito por una fantástica bloggera en este blog.

De corazón - Capítulo XII

23/10/12

Capítulo XII


—Yo soy June Julissa, una amiga de Edouard, ¿qué ha pasado?
—¿Tú eres la chica que estaba con él en el coche?
—Eh... sí, era yo.
—Veo que tú no estás tan mal como mi hijo... —Geraldine era su madre. Respiré aliviada. Era muy joven para ser su madre y había malpensado—. No te preocupes, a él se lo han llevado a quirófano hace unos minutos.
—¿Ya lo van a operar?
—Sí, anoche despertó y los médicos le dijeron que podían operarle hoy mismo para evitar mayores riesgos si se posponía la operación.
—¿Qué clase de riesgos?
—No lo sé, pero teniendo los huesos del cráneo fracturados, es muy probable que pudiera sufrir daños cerebrales, por eso era tan urgente operar.
—¿Cuánto tardará la operación?
—Unas horas, seguramente dos o tres.

Fui con Geraldine a desayunar y me enteré de que su marido, el padre de Edouard, se llamaba Noel y había fallecido recientemente. Por eso el accidente de su hijo la tenía tan desmejorada, si Edouard moría se quedaría sola.

También supe por qué no parecía su madre. Geraldine se había quedado embarazada de Edouard con tan solo diecisiete años. Se casó con Noel, pues su familia era muy católica, y crió a su hijo en un buen colegio privado que pagaba trabajando en una panadería familiar.

Después de desayunar seguimos hablando hasta que miré el reloj y vi que habían pasado las dos horas que supuestamente duraba la operación. Subimos juntas las escaleras y nos sentamos en la sala de espera hasta que salió el médico y, al vernos, sonrió.

La operación había salido con éxito, habían logrado que los fragmentos del cráneo no perforaran el cerebro y con una placa metálica cada fragmento quedó perfectamente unido.

Edouard seguía anesteciado, así que lo dejé con Geraldine para que lo cuidara y me fui a casa a descansar sabiendo que él ya estaba bien y que pronto volvería a tenerlo a mi lado luchando por ayudarme con Travis.

Salí a la calle y vi una hilera de taxis aparcados, me acerqué a uno y me subí. Después de darle mi dirección, me acomodé en el asiento y miré por la ventanilla las casas y los otros coches. Entonces me acordé de nuevo de la persona con la que nos habíamos chocado en ese accidente. Seguía sin recordar si era hombre o mujer, solo me acordaba de un coche bastante grande y negro.

Llegué a casa y entré para buscar algo de dinero y pagarle al taxista que seguía esperando fuera. Después de pagarle entré de nuevo y cerré la puerta con llave. Cerré también todas las ventanas y comprobé que la casa estaba en orden. Poco a poco en mi cabeza se formaba la idea de que el accidente había sido intencionado.

Recordaba detalles, cosas simples, pero importantes. Recordé por ejemplo que el conductor del otro coche era un hombre con barba y calvo que llevaba unas gafas de sol negras. Sentí miedo al recordar su cara y fui a la cocina a buscar algo de comida.

Había un paquete de galletas y lo devoré mientras el agua de la bañera se calentaba. Eché sales y aceites y sonreí al recordar que hacía años que no me daba un baño con sales. Cuando mi cuerpo estuvo del todo sumergido bajo el agua caliente de la bañera y la espuma del jabón no dejaba ver sino mis rodillas sobresaliendo, oí un ruido.

Enseguida me levanté y me puse en pie para coger la toalla con la que envolví mi cuerpo. Era extraño que se oyeran ruidos tan cercanos a mi casa, generalmente los vecinos no son tan ruidosos. Caminé hasta la puerta donde se oía mejor ese ruido dejando las huellas de mis pies mojados por todo el pasillo. El ruido era tan claro que parecía que la persona que lo provocaba estaba al otro lado de la puerta, esperando.

Y así era, de pronto sonó el timbre y me sobresalté. Pregunté quién era antes de abrir la puerta y escuché la voz de Travis al otro lado. Era imposible, debía ser una broma, pero no lo era. Tenía a Travis llamándome desde el otro lado de la puerta. Yo solo tenía que abrirle, pero sentía miedo de lo que podía pasar al hacerlo y dudé unos segundos.

Finalmente abrí.

—¡Travis!, ¿qué haces tú aquí? —dije abriendo la puerta sin fijarme en su acompañante.
—Hola June... —su tono era alegre y vivaz, como siempre.
—Travis, ¿con quién has venido? —ya me había fijado en aquel extraño hombre con una muleta bajo el brazo.
—Él es Bryan Swinton, es el chófer de mis padres y me ha traído hasta aquí —el hombre era alto, calvo, de unos cincuenta años y que hacía mucho ruido con la muleta, el mismo ruido que me había asustado. Se notaba que no estaba acostumbrado a ella.
—Pasad —dije apartándome de la puerta—. ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?
—Le dije a Bryan que condujera hasta el parque donde me encontraste aquella noche que te quedaste a dormir con nosotros...
—El parque de la Luz —dije, y Travis asintió.
—Después solo tuve que recordar el camino que hicimos caminando detrás de ti cuando vinimos a buscar el desayuno.
—Vaya... sí que sabes orientarte, pero ¿qué haces aquí? Tus padres estarán buscándote de nuevo como locos y no dudarán en venir aquí con la policía.
—Esta noche han vuelto a salir con unos amigos y llegarán muy tarde.
—Aún así es arriesgado, Travis.
—No importa —y se acercó a mí para abrazarme. Yo le respondí al abrazo y le di un beso en su cabecita. No recordaba la falta que me hacía uno de sus abrazos, escucharlo hablar casi como un adulto o ver sus ojillos azules.

Los dejé solos unos minutos para ir a mi habitación a ponerme algo de ropa y una toalla en el pelo del que caían pequeñas gotas de agua a cada segundo.

—Señorita —comenzó hablando Bryan, que hasta ahora había permanecido mudo, nada más salir de mi habitación— yo he sido el chófer de los señores Beaufort desde que tenía uso de razón. Empecé con el padre y ahora sigo con el hijo, el señor Arles Beaufort. Hasta ahora he trabajado para ellos sin quejarme ni cuestionarme nada de lo que me mandaban a hacer, pues a veces no solo se trataba de llevar unas cajas a un lugar a otro, sino cosas más graves.
—¿Qué cosas son esas? —pregunté interesada en conocer los trapos sucios de los Beaufort.
—Eso es una historia demasiado larga, señorita. Si he venido hasta aquí es para avisarla.
—¿De qué? —comenzaba a asustarme.
—De que corre peligro. El accidente de hace tres días no fue un accidente, fue intencionado.
—¿Usted qué sabe de eso?
—Todo. Yo conducía el otro coche que chocó con el vuestro e hizo que dieran vueltas de campana —un escalofrío recorrió mi espalda y mi nuca haciéndome sentir mareada—. Travis se enteró de todo al escuchar a sus padres discutir e intervino en la discusión de sus padres para preguntar por usted. Entonces, yo, que lo escuché todo desde el comedor de los empleados, vi como pegaban a Travis por preguntar por usted.
—¿Qué? —miré a Travis que estaba con la mirada perdida en el suelo y sus manitas sobre el abdomen.
—Después de eso me sentí culpable por lo que había hecho y decidí que Travis se merecía a alguien mejor que cuidara de él, alguien como usted.
—Pero Travis ya no puede volver a quedarse conmigo.
—Sí que puede. Quizá en esta casa donde ya la conocen no, pero busque otro lugar, otro lugar donde huir con Travis para siempre. —Miré a Travis y la idea le entusiasmaba.
—Lo que tiene que hacer es denunciar lo que Arles le obligó a hacer, cuidar de Travis por mí y esperar a que un juez me dé su custodia. Hasta entonces si permanezco más tiempo con Travis, será un secuestro para cualquier juez.
—Pero... —Travis me miraba con lágrimas en los ojos.
—Travis, cariño, lo siento. Edouard me está ayudando con tu custodia y, en cuanto despierte, llevaremos a tus padres a juicio y lucharemos por ti.
—¿Despertar? —la pregunta de Travis hizo sentir incómodo a Bryan, que se imaginaba la respuesta.
—Está en coma tras el accidente, lo han operado esta mañana y los médicos creen que despertará pronto, puede que ya lo esté, pero hasta entonces solo podemos esperar.
—Siempre estamos esperando...
—Lo siento, Travis.
—No es culpa tuya, June —Travis miró a Bryan—. Es culpa de mis padres, por eso no los quiero.
—¡No digas eso! Tienes que volver a casa y fingir que todo sigue igual, que estás bien y a gusto con ellos y que ya no piensas en mí, será la única forma que tengas de sobrevivir en esa casa.
—June... —levanté las cejas a modo de respuesta— ¿me das otro abrazo?

Y le abracé durante un largo rato mientras Bryan examinaba con la mirada mi salón. Luego sonó el teléfono y me levanté a cogerlo mientras me limpiaba las lágrimas con la manga de la camisa. Esta vez eran lágrimas de felicidad.

—June, soy yo —reconocí su voz, era Geraldine. Le había dado mi número esa mañana mientras desayunábamos.
—¡Geraldine!, ¿ha ocurrido algo?
—Los médicos tenían razón, hija, Edouard ha despertado.
—¿Ahora?
—Sí, hace unos pocos minutos. Lo primero que he hecho ha sido avisar al médico y lo segundo llamarte, ¿cómo estás?
—Yo perfectamente —miré a Travis que estaba atento a la conversación—. Voy ya mismo para allá, hasta luego.
—Hasta luego.

La señora Monnet era muy agradable y simpática y ya me había cogido cariño, lo que no sabía todavía era la “amistad” que me unía con Edouard. Aunque se lo imaginaba por cómo hablaba de él sobre todo lo que me había ayudado como abogado y como amigo.

Colgué el teléfono y me senté al lado de Bryan para darle la noticia.

—Edouard ha despertado del coma, está bien.
—¡Dios mío!, ¡cuánto me alegro!
—Me imagino que esto deberá de ser un gran alivio para usted, pero nadie más debe saberlo, ¿entendido? Para Arles y Romane, Edouard ha muerto o sigue igual, lo que usted prefiera.
—Bien... ¿y eso para qué?
—Para poder seguir haciendo lo que estábamos haciendo, pero ahora clandestinamente. Yo le diré personalmente a Arles o a Romane que ya no deseo la custodia de Travis y tú —me dirigí a Travis— debes llorar y hacerles creer que estás triste porque ya no te quiero.
—Pero June... tú me prometiste...
—Sí, sí, es solo una mentira, Travis, yo te sigo queriendo —le piqué un ojo.
—¿Vamos a engañar a mis padres?
—Exacto.

Fui hasta el hospital en el asiento trasero del coche de los Beaufort, Travis estaba a mi lado y Bryan conducía en silencio con la música puesta.

Mientras Travis y yo hablábamos, notaba que Bryan me miraba por el espejo retrovisor del parabrisas. Cada vez que lo sentía, miraba hacia Bryan y él volvía la vista a la carretera, así unas cuatro o cinco veces. No entendía qué le parecía tan interesante de mí, pero me molestaba que me espiara mientras hablaba con Travis sobre Edouard... me molestaba en general, aunque no estuviese hablando de nada.

Llegamos al hospital y me despedí de Travis con un abrazo, de Bryan con un hasta luego. Me bajé del coche y caminé hacia la entrada, luego me giré y me despedí con la mano antes de terminar de entrar en el hospital.

Subí por el ascensor y nada más salir me encontré con Geraldine.

—Hola, vamos a la habitación, Edouard no para de preguntar por ti —me alegré de saberlo y noté unas cosquillas en el estómago.
—¿Por mí?
—Sí, el pobre no para de preguntar por June y pide que lo dejen verte, piensa que sigues ingresada y que los médicos le dicen que no para tranquilizarlo —recordé cuando yo desperté y estaba igual, pensando que quizá él estuviese muerto.
—Está bien, vamos.

Caminamos hasta la habitación de Edouard que estaba a unos treinta metros y cuando llegamos oímos gritos de las enfermeras y de Edouard. Entonces me apuré en abrir la puerta para que me viera y se tranquilizara. Y así fue. Nada más verme se calmó y sonrió ampliamente. Volví a sentir cosquillas en el estómago y me sonrojé.

—June... pensaba que...
—Lo sé, tranquilo, tu madre me lo ha contado todo y tiene razón cuando te dijo que yo estaba bien.
—Bueno, tienes vendas en los brazos y en la cabeza.
—Sí, golpes y arañazos, nada grave.
—Todo lo malo me lo llevé yo, ¿no? —dijo tocándose la cabeza.
—¿Cómo te sientes?
—Mareado a ratos, pero bien.
—Te irás sintiendo mejor poco a poco —intervino el médico que estaba en la habitación.
—Eso espero... —contestó Edouard— ¿puede dejarnos solos, por favor? —se dirigió al médico y a las enfermeras, pero su madre también se dio por aludida y salió fuera.
—¿Por qué les has hecho salir? —pregunté nerviosa.
—Porque quería hablar a solas contigo, June.
—¿Sobre qué? —me fui acercando poco a poco a su cama.
—Creo que lo sabes muy bien... y es algo de lo que debimos haber hablado desde hace tiempo —aquellas palabras me dejaron sin habla ni respiración—. June, me gustas —Edouard esperó mi respuesta, pero seguía sin poder hablar—. No tenía que haberte dicho nada, soy un idiota, lo siento —apartó la mirada avergonzado.

Entonces yo reaccioné y, como seguía sin poder articular palabra, me lancé a sus labios y le besé.

En ese momento nos interrumpió Geraldine, que quedó enterada de nuestra relación antes que nosotros. Había entrado para avisar de que a Edouard debían hacerle unas pruebas más y luego salió dejándonos de nuevo solos. Edouard y yo nos miramos y sonreímos de la vergüenza y de la felicidad. Vergüenza porque su madre nos había visto y felicidad porque nos habíamos besado... para él no era nuestro primer beso, pero para mí, que la primera vez estaba borracha, este beso sí fue el primero.

Llegó el médico, Edouard se fue, Geraldine me miró y sonrió luego, yo me sentí un poco incómoda y volvió el médico de nuevo con Edouard en una silla de ruedas, para que no se cansara.

Era tarde y después de despedirnos con otro pequeño beso, me fui a casa a descansar.