Capítulo III y IV - El Principito en un pueblo italiano

19/4/17


TERCER CAPÍTULO

Marco había encontrado al fin a su adorada madre. Anna, que así se llamaba aquella bellísima mujer estaba enferma de algo que podía matarla. Y entonces fue cuando lo supe: que los hombres y mujeres de este planeta mueren pronto y que pueden hacerlo inesperadamente.

Fui un idiota, no me di cuenta de que el tiempo no pasa igual en todos los planetas. A pesar de que el tiempo pasa más rápido en mi planeta que en la Tierra, yo no envejezco tan rápido como esta gente que aquí habita. Amedio, que era el único consciente de que mi procedencia era del exterior de este planeta, se acercó a mí cuando Marco no escuchaba.

—Lo siento, si ha pasado tanto tiempo, a lo mejor tu amigo ya no vive —anunció el mono que se subió a mi hombro para consolarme.

—No pasa nada —contesté— El tiempo que vivimos juntos fue suficiente, estoy más alegre de haberlo conocido que triste por no poder volver a verlo.

Mi reflexión hizo pensar al pequeño mono que me regaló una sonrisa antes de salir corriendo a los pies de Anna.

Me separé del pequeño grupo, ellos estaban felices porque habían encontrado a Anna y ésta daba señas de estar mucho mejor después de la llegada de Marco. Yo me sentí solo y por primera vez me vi a mí mismo comportándome como un adulto y no como un niño, había cambiado durante mi estancia en la Tierra. Había cambiado al darme cuenta de que estaba solo en un planeta en el que todos los que fueron algún día mis amigos, habían desaparecido para siempre: mi zorro, mi rosa, mi Antoine… Ya no me quedaba nada ni nadie. Tan solo un cordero viejo que había enseñado a no comerse las rosas.

Estaba tan cansado que me quedé dormido sentado en una roca. A la mañana siguiente no había nadie. Anna ya no estaba en su cama y, por consiguiente, Marco y Amedio tampoco estaban en la habitación. No sabía dónde se habían ido. Deambulé hasta llegar de nuevo al puerto. Allí escuché que alguien me llamaba. Era Marco.

—Pensábamos que te habías marchado sin nosotros —dijo alegremente cuando fueron ellos quieres me abandonaron.

—Me quedé dormido fuera de la casa —respondí con sinceridad. No estaba bien mentir.

—Vamos a volver a Italia, ¿te vienes con nosotros?

—Quiero volver a África —anuncié— Quiero volver al desierto.



CUARTO CAPÍTULO

El viaje a la costa africana tardó un poco menos de lo que tenía calculado. No fueron cincuenta y tres noches, tal y como habían sido para la llegada a Argentina, sino cuarenta y ocho. Esto se debe, decía Marco, a que Marruecos está más cerca de Argentina que Italia, así que llegamos antes.

Me dolió mucho despedirme de mis amigos, no lloré como hice cuando me despedí de mi zorro, porque con ellos había intentado que no me domesticaran. Es decir, que para ellos yo no fuera más que un niño perdido al que ayudaron un día y para mí ellos no fueran más que unos conocidos que se ofrecieron a ayudarme. Aunque he de reconocer que, incluso sin haber realizado el ritual de domesticación, estas personas llegaron a importarme más de lo que me gustaría reconocer.


Pasó un año y no encontré ni rastro de Antoine, pero no estaba solo. Había vuelto a encontrar a mi zorro. Él había venido corriendo a mí en cuanto me olió. Dijo que habían sido kilómetros y kilómetros de distancia, que el mismo viento que movía las dunas del desierto, le había traído mi peculiar fragancia del universo. Me lamió la cama entusiasmado y desde entonces no nos hemos separado más. Él es un zorro viejo, pero yo lo veo igual.

Le conté mis aventuras en el océano a mi amigo y él quiso ver el mar, ya que nunca lo había visto antes. Le llevé hasta la costa, bebió del agua salada e hizo lo mismo que yo: escupir aquello. Pero le gustaron las olas, le hizo gracia meter el hocico en el agua y le gustó la idea de saber que no tenía que preocuparse por morir de sed nunca más, aunque el agua supiera asquerosa. Se quiso subir en un barco porque quería vivir las mismas experiencias que yo y yo le consentí. Era mi amigo.

—Principito, creo que nos estamos moviendo —dijo él—: me estoy mareando.

Miré por la ventana y, efectivamente, nos habíamos separado de la costa.

—Bienvenidos a bordo —dijo la voz de una mujer desconocida.

—¿A dónde nos dirigimos? —pregunté a un señor canoso que me miró confundido.

—Vamos a Italia, hijo —me respondió él consternado, seguro pensaría “¿por qué se subiría alguien a un barco que no sabe a dónde va?” Si le respondiera que fue porque quise consentir a mi zorro, nunca me creería. Los mayores no tienen una mente abierta.

—Estoy preocupado, principito —dijo el zorro.

—Tranquilo, conozco a alguien en Italia que nos puede ayudar.


FIN
El Principito no pudo encontrar nunca a su amigo Antoine de Saint-Exupéry porque este murió en 1944, tan solo un año después de la publicación del libro. Su avión fue derribado en el Mediterráneo y su cuerpo no se encontró hasta 1998.

Capítulo I y II - El Principito en un pueblo italiano

15/4/17




PRIMER CAPÍTULO


Había pasado ya más de una década desde que vi por última vez a mi amigo Antoine[1]. Por esa razón no me pareció mala idea volver a realizar un viaje por el universo, en concreto por la Tierra, pues echaba de menos aquel lugar tan curioso donde pasé un año de mi vida.

En mi camino me volví a encontrar con el rey, con el vanidoso, con el bebedor, con el hombre de negocios, con el farolero y con el anciano geógrafo. Había querido, pues, realizar el mismo recorrido que hace diez años para saber qué rumbo tomar para llegar al mismo punto que aquella vez.

Pero no calculé el momento del día. Cuando llegué a la Tierra por primera vez era de día y caí en mitad de un desierto en África, pero esta vez viajé de noche y caí en otro lugar totalmente diferente.

Mi primer encuentro con un ser vivo fue al cabo de dos segundos y treinta milésimas después de haber aterrizado.

—¿Eres un extraterrestre? —preguntó una vocecilla que procedía detrás de mí.

—¿Quién eres tú? —respondí yo que estaba ciertamente intrigado.

—Me llamo Amedio —dijo el dueño de esa voz que se presentó ante mí de un solo salto. Había estado vigilándome desde lo alto de un árbol.

—¿Eres un mono?

—En efecto, soy un mono. ¿Cuál es tu nombre?

—Soy el Principito.

—¿El Príncipe de un reino? ¿Qué reino?

—El de mi planeta, pero está muy lejos de aquí.

—Está bien, Principito. ¿A qué has venido a mi planeta, entonces?

—A buscar a un viejo amigo, su nombre era Antoine.

—No conozco a ningún Antoine. ¡Pero sí a un Antonio!

—¿En serio? —pregunté esperanzado.

—Sí, es el hermano mayor de mi mejor amigo. ¿Quieres conocerlo?

—¿A tu mejor amigo?

—¡A todos! —respondió feliz el mono y le seguí hasta el interior de una casa.

El mono subió a los hombros de un niño de pelo oscuro y ojos grandes que tenía el aspecto triste de alguien enfermo. Ese era su mejor amigo, Marco. Antonio era el hermano mayor de ese niño que no tenía nada que ver con mi Antoine y ellos no conocían a nadie con ese nombre.

Supe en ese momento que Marco y yo compartíamos más de lo que creía. Ambos éramos dos niños en busca de alguien a quien habíamos perdido. Yo a Antoine y él a su madre. E, inevitablemente, al pensar en las similitudes entre aquel muchacho y yo, encontré otra: su mejor amigo también era un animal. Seguramente realizó con él el mismo rito de domesticación que hice yo con mi zorro.


SEGUNDO CAPÍTULO

El mono Amedio y Marco salieron una mañana y me llevaron con ellos en su aventura. Querían viajar a otra parte del planeta en la que era de día cuando aquí era de noche y era de noche cuando aquí era de día. Me recordó al planeta del farolero en el que un día duraba un minuto.

El trayecto a esa otra tierra era demasiado largo. Caminamos, viajamos en tren, viajamos en multitud de medios de transporte hasta llegar a la playa. Conocí el mar por primera vez, probé el agua esperando que fuera igual de fresca que el agua del pozo que Antoine y yo conseguimos en el desierto. Pero esta sabía a sal, escupí la que no me había tragado y me limpié en la manga de mi chaqueta.

En el barco conocí a varios hombres y mujeres que estaban dispuestos a ayudarme en la búsqueda de mi amigo. Solo conocía de él su nombre y que pilotaba aviones, una máquina que sobrevolaba el cielo fue lo que yo dije, el término de “avión” lo aprendí después de varias correcciones. Pero ninguno de los Antoine que viajaba en el barco era mi amigo y solo un anciano conocía a un piloto de aviones, pero llamado Pierre.

“Este planeta tiene cientos de miles de personas” se dijo el Principito. “Seguro que nadie de aquí   lo conocerá. Tengo que volver al desierto donde lo vi por última vez”.

Aproveché mi viaje en el barco para contar las estrellas que, en medio del océano, se vislumbraban mucho más brillantes y hermosas. Casi podía ver algunos asteroides y planetas conocidos, sabiendo situarlos cerca de algunas estrellas era más fácil. Pero mi planeta estaba muy lejos, era imposible verlo desde la Tierra.

Cincuenta y tres noches después, apareció ante nuestros ojos la silueta de una tierra. Decían que ese lugar se llamaba Argentina. Y que allá estaba la mamá de Marco.

—Bienvenidos a Buenos Aires —nos saludó un hombre alto y grueso al llegar a puerto.

—Gracias —respondí yo, al contrario que el resto de pasajeros. Yo siempre agradecía a quien me dedicaba buenas palabras.

Marco y Amedio sabían muy bien a dónde dirigirse, yo los seguía mientras observaba la relación de amistad que se forjaba entre Marco y Fiorina. Sin saber muy bien por qué, pensé en mi rosa, que había muerto hacía tiempo. Ahora tenía un pequeño jardín con cuatro rosas más y una margarita. Pero sigo guardando a mi rosa, marchita, dentro de la caja que solía ser de mi cordero. Pero ahora el cordero, que había tomado forma de animal en cuanto desplegué el dibujo de Antoine en mi planeta, ya no cabe dentro de la caja, así que es la cama en la que descansa mi pequeña y delicada rosa. Fiorina, con su pelo rojo, me recordaba a ella, mi rosa roja y hermosa.




[1] Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito.